“Conócete a ti mismo”, la enseñanza que aprendió Joker en su viaje a Delfos

Independientemente de que seas más de los que van esporádicamente al cine o de que, por contra, estés cerca de editar una recopilación sobre cine sueco contemporáneo, parece innegable afirmar que “Joker“, la última película de un nombre tan inesperado en este contexto como el de Todd Phillips (director de la trilogía “Resacón en Las Vegas“), se está convirtiendo en un fenómeno sociológico tanto en el ámbito crítico como en el taquillero. Aunque no suele darse muy habitualmente esta bonita coincidencia (lo digo en un año en el que “Endgame“, cinta con mayor recaudación de la historia, parece cumplir sólo en uno de los dos ámbitos), lo cierto es que es algo a valorar positivamente. En lo referido al contenido, procederé a hacer mi análisis a continuación, apoyándome en una miscelánea curiosa y con SPOILERS varios:

Tras poner de manifiesto que la película ha sido capaz de interesar tanto a los miembros del jurado en la Mostra de Venecia como a “sospechosos habituales” de no ir al cine, me parece relevante destacar que “Joker” se estrena en un contexto propicio para el género de superhéroes (siendo nuestro protagonista el antihéroe de un defensor de la ley que en realidad no tiene capacidades sobrenaturales) y para el retrato y exploración de personajes de dudosa moral (Walter White en Breaking Bad, Tony Soprano, Pablo Escobar, etc…), lo cual podría explicar que los ejecutivos de Warner lo anotaran como Fortaleza (sí, con mayúscula) en su análisis DAFO a la hora de analizar la coyuntura reinante. En este particular “Joker begins“, Phillips (director que, quizás por su conexión con la comedia, pudo encontrar paradójicamente la clave de esta historia) narra el descenso a los infiernos/locura de un inadaptado social quien, tras ver que es incapaz de encajar en el sistema que le margina y le etiqueta como loco, se acepta a sí mismo y se rebela contra el poder establecido. Dicho así parece muy sencillo pero… ¿qué pasos sigue la historia?

En primer lugar (ACTO I de guión) se nos presenta tanto al personaje (llamado realmente Arthur) como los diferentes hilos narrativos que seguiremos a lo largo del relato. En este punto queda patente que Phillips tiene clara la historia que quiere desarrollar al mostrarnos a un pobre hombre, vestido de payaso (símbolo universal de la risa hasta que llegó “It“) y forzándose a esbozar una sonrisa con sus propias manos: la “dictadura de la felicidad” (y buena culpa de ello la tienen las tazas de Mr. Wonderful) le obliga a estar contento cuando en realidad es un triste paria al cual le cae una lágrima por el rostro. En las siguientes escenas ya iremos conociendo quién es su madre, cuál es su conflicto externo (mobbing en el trabajo, paliza en las calles, etc…), cómo conoce a su (aparente) novia (para empezar en un ascensor, como si fuese Ryan Gosling en “Drive“)… Lo complicado de todo esto es que estamos viendo un problema interno (drama/trauma del personaje) a través de sus acciones externas, lo cual es muy difícil de expresar con éxito en el cine y que es por tanto de agradecer. En otras palabras, no estamos mostrando que Indiana Jones tiene que recuperar el Arca de la Alianza (conflicto externo), sino que la película pivota alrededor de las emociones de un personaje.

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Resumen del conflicto en una sola imagen

Llegados a este punto… ¿a quién nos suena este “Joker“?

Tampoco es necesario ser excesivamente malos, pero el Travis Bickle de “Taxi Driver” (qué coincidencia que De Niro también esté en este film) responde a un esquema muy similar: con un “backstory” diferente (veterano de Vietnam, aunque solamente sugerido) pero igualmente traumático, Travis también es un inadaptado que quiere insertarse dentro de una sociedad que le da la espalda para dejar de sufrir. En definitiva, tanto el personaje de Phoenix como el de De Niro (en la cinta de Scorsese) quieren ser normales: tener novia, amigos, un trabajo, etc… Sin embargo, cuando parece que pueden conseguirlo (De Niro llega a tener una cita con la mismísima Cybill Shepard / Arthur empieza a salir con su vecina), todo se va al traste (Travis no tiene mejor idea que llevarla a un cine porno / todo era una ensoñación de “Joker”). La razón es que, aunque parezcan necesitar llevar una existencia estándar, no pueden. Su verdadero objetivo en la vida (y por tanto en la historia, que solo tenemos dos horas para contarla) es aceptarse tal y como son: celebrar su inadaptación (y ya de paso su locura, que va en el mismo pack).

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Travis y Arthur, Arthur y Travis

No obstante, todo tiene un camino y la auto-aceptación implica un proceso (no hace falta más que mirarnos cada uno de nosotros al espejo, aunque espero que no como De Niro y su “Are you talkin’ to me“). Llega un momento en el que nuestro protagonista tiene que cruzar la línea y pasar del “mundo ordinario” (es decir, su vida cotidiana) al “extraordinario” (el principio de su nueva rutina). En el caso de “Joker“, éste se da en el momento en el que, amenazado, se atreve a matar a los tres acosadores del metro. Dejando aquí “Taxi Driver” al margen, la comparación se podría establecer con el citado Walter White en el momento en el que asesina en el sótano a su primera víctima (empieza el punto de “no retorno”) o con un Michael Corleone matando, también en respuesta a una amenaza (contra su padre), en la famosa escena del restaurante. Parece que a los estadounidenses les gusta el homicidio como forma para empezar a replantearse las cosas. Las comparaciones con “Breaking bad” o con “El padrino” no son casuales, ya que los protagonistas, excepto la locura del Joker, comparten bastantes cosas: ¿no es Walter un “genio no reconocido de la química” que, en el momento de enfrentarse a su muerte, decide reivindicarse ante los demás? Por su parte, Michael nace “mafioso” (que en el caso de Joaquin Phoenix sustituiríamos el término por “demente”), que intenta no aceptar su verdadero destino (hasta se alista en el Ejército para reivindicarse) y que sin embargo termina sustituyendo a su padre y montando “un bautizo” (real y metafórico) en el que quita a todos sus enemigos de en medio.

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Momentos en los que Arthur y Michael “cruzan la línea”

A partir de aquí se abre el II ACTO del guión, es decir, el desarrollo de la trama. Como es lógico, nuestro protagonista no va felizmente a aceptar su condición y entregarse a su verdadera naturaleza, ya que los espectadores demandan conflicto y la historia requiere reflexión (¿me inserto en el sistema o me dejo llevar completamente?). El devenir de los acontecimientos (conocimiento de su verdadera identidad en el caso de Joker o asesinatos varios en el caso de Michael Corleone, lo cual no deja de ser una forma de contar lo primero) llevan la historia hasta el III ACTO, o momento en el que comienza a cerrarse el relato: tras matar a uno de sus principales abusones a “tijeretazo limpio”, Arthur se pinta la cara y se presenta en sociedad como “Joker”. El Travis de “Taxi Driver” hace lo propio y se rapa “a lo mohicano”, que para gustos los colores. Para completar esta transformación, Phillips plantea una escena en la que Arthur, huyendo de los dos policías que le quieren incriminar, se pone una careta de payaso para que no reconozcan su rostro. ¿Qué ocurre cuando se la quita? Que sigue teniendo el rostro de la careta: ya se ha convertido en el símbolo que ha ayudado a crear (incluso aquí podría escribirse otro post acerca de las similitudes entre dos antihéroes con máscara como Joker y V de Vendetta).

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Distintas “revoluciones del pueblo”

A partir de aquí, la revolución se desarrolla en mayúsculas (mientras que en Taxi Driver Scorsese planteaba un desenlace más “íntimo” centrado en el prostíbulo de Harvey Keitel, aunque con el intento de asesinato del político planeando en el aire). Llegados a este punto, una de las cosas que más quórum han generado es la perturbadora y personalísima interpretación de Joaquin Phoenix (¿estaremos ante la segunda vez en la historia en el que un mismo personaje, en este caso Joker, sirve para que dos intérpretes diferentes se lleven un Oscar como ocurrió como con Brando y De Niro en el caso de Vito Corleone?). El actor portorriqueño, que lleva más de 20 años en la primera línea, suma un rol más a su categoría particular de esenciales, lo cual contamina inevitablemente cualquier otro comentario sobre el film. Si conseguimos aislarnos del “efecto Phoenix”, nos queda ese “viaje del (anti)héroe” que acabo de analizar y que tantos referentes parece tener (lo cuál no sé hasta que punto es bueno). Llevándolo al nivel más esencial, Phillips parafrasea el aforismo griego de “conócete a ti mismo” para construir el origen de un personaje que, en el momento en el que acepta su naturaleza, es indestructible sin necesidad de tener superpoderes.

En este punto es inevitable trazar otro “punto de aproximación” con “El club de la lucha“, el film de Fincher en el que, con un planteamiento más original (en mi opinión), también hablaba sobre un “outsider” que, en el momento en el que se da cuenta de que el mensaje de “choose a life” que resonaba desde Trainspotting no es el camino a seguir, desdobla su personalidad en dos (Edward Norton vs. Brad Pitt) para (y esta es la gran diferencia con Joker) intentar solucionar el potencial destrozo de la ciudad en el III ACTO y mandar a Brad Pitt (es decir, su locura) a paseo con esa frase final (“me has conocido en un momento muy extraño de mi vida”) que daba al traste con todo el viaje anterior del personaje. En vez de seguir engordando la lista de películas en las que los protagonistas se hacen más fuertes a partir de aceptar lo que son (Full Monty o Billy Elliot) me interesa cerrar este análisis volviendo a citar “Drive” y viendo que, al igual que le pasa a Joker en el film que nos ocupa, Ryan Gosling no puede escapar de su verdadera naturaleza (“es el escorpión y no una persona preparada para tener una relación con Carey Mulligan) en aquel film de Winding Refn.

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En definitiva, una película multirreferencial que se beneficia de una interpretación central que, en vez de sepultar al film, lo hace más potente frente a todos aquellos que ya conocíamos de qué era capaz el personaje una vez inmerso en su locura. Aunque personalmente no me ha parecido tan excelsa como otros mantienen (aceptando obviamente todos los aciertos aquí reseñados) me resulta curiosos imaginar qué se pedirían Joker, Travis Bickle o Tyler Durden (El club de la lucha) en un terraza tras su particular paseo por Grecia. Espero que no se metan demasiado en el laberinto.

 

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“El reino”, la historia de Walter White si hubiera sido español

Aproximadamente un año después de su estreno en salas, volví a ver “El reino” junto a mi hermano. Constaté con agrado que la cinta de Sorogoyen sigue conservando el impacto de entonces (fruto de un excelente trabajo, en mi opinión) y que, de no haber sido porque Walter White es estadounidense y reside en Albuquerque, el protagonista de “Breaking bad” podría haber sido el Manuel López-Vidal interpretado por Antonio de la Torre en la cinta que nos ocupa [para los datistas, decir que hay un Alburquerque, con una “erre” tras “Albu”, en Extremadura].

Si el cine clásico (made in Hollywood) y el “código Hays” (en otros países teníamos directamente algo llamado censura) nos acostumbró a que el villano más retorcido tenía que acabar pagando por sus pecados (por mucho que fuese nuestro protagonista, ya sea Tony Camonte en la “Scarface” de 1932 o el magnético personaje de James Cagney en “Al rojo vivo”), el cine contemporáneo parece querer indagar en las motivaciones maquiavélicas de una serie de individuos que se bajan del carro del blanco y el negro y empiezan a tener matices.

“Breaking bad” es un ejemplo, pero si echamos la vista atrás nos daremos cuenta de que podemos empezar con alguien tan controvertido como Michael Corleone, seguir con Tony Soprano y convertir a alguien como el Joker en protagonista de su propio show. En el caso de “El reino”, el propósito de Sorogoyen (e Isabel Peña, su colaboradora habitual en el guión) parece ser el denunciar un tema tan mediático y preocupante como es la corrupción en España (al CIS me remito). Metidos en materia, la forma de contar el relato podría haber adoptado muchos puntos de vista diferentes, siendo la opción fácil el protagonista íntegro cuyo objetivo no deja de ser otro que lo que denunciamos: acabar con los infractores de la ley. Sin embargo, lo interesante del punto de partida resulta la elección de nuestro particular “héroe” (llamado así en tanto que es quien va a vehicular el “viaje” de la película del que tanto hablan los manuales de guión), un político igual de culpable que sus compañeros de partido y, que para más “inri”, no se arrepiente. Si el papel de López-Vidal (Antonio de la Torre) juega con las cartas boca arriba desde el principio del metraje (por mucho que se justifique de palabra diciendo que “roba para darle a su familia una vida mejor, para sobrevivir”, ansiolítico que supongo que se toman desde el citado White/Heisenberg hasta un anciano Clint Eastwood en “Mula” para poder dormir por las noches) mostrando que “el fin que justifica sus medios” es el orgullo personal… ¿por qué nos interesa lo que le pasa? ¿Por qué queremos que salga del apartamento de Andorra con los papeles o que no sea el único encarcelado dentro de la trama?

Porque, le pese a quien le pese, somos parte del sistema (no lo voy a poner en mayúsculas por si alguien se asusta), y, aunque nuestras motivaciones como espectador/a no sean las mismas que las de López-Vidal (interés por que se haga justicia vs. venganza personal contra mis compañeros de partido por dejarme caer), sí que compartimos el fin: que los verdaderos culpables (esa mano invisible que en el póster de “El padrino” aparece manejando una marioneta) sean al fin descubiertos y podamos cambiar nuestra sociedad a mejor. El personaje de Antonio de la Torre no deja de ser un “pobre hombre” que, pese a obrar mal, no “pincha ni corta” en “la foto general de familia”. Justamente en este punto es donde pasamos del mensaje explícito del film (una Bárbara Lennie prácticamente en “eje” nos lo deja bien claro al final) a un contenido situado más bien el subtexto: si películas como “El reino” existen (o programas como el de Ana Pastor, líderes como Pablo Iglesias, etc…) es porque el sistema necesita que existan, y son los propios “poderes en la sombra” los que limitan la capacidad de acción de estos elementos que se cuestionan el “statu quo”. El propio Antonio de la Torre lo dice antes del discurso de Lennie: si de verdad resultasen una amenaza para el sistema establecido, no llegaría a la categoría “mainstream” en la que se encuentran. Son instrumentos para que el ciudadano/a medio/a (como servidor) pensemos que alguien vela por nuestros intereses y que es posible cambiar las tornas.

Volviendo a temas más “fílmicos”, me gustaría (y a partir de aquí SPOILER) analizar el planteamiento de dirección de la última secuencia, el “cara a cara” entre De la Torre y Lennie, puntal (para mi un poco excesivo por lo explícito) de lo que nos llevan contando desde el minuto 1 (denuncia no sólo de un partido político que, al no tener nombre, se extiende magistralmente a todos pese a que es muy fácil jugar al “quién es quién real”, sino de una sociedad corrupta en la que “el hijo del vecino” tampoco devuelve los cambios cuando el del bar se equivoca):

La secuencia se abre (tras el tanteo previo en los camerinos y la salida a escena de Antonio de la Torre como si fuera Jake La Motta en el Garden) con un plano general /entero de los dos personajes (y sus correspondientes planos medios-cortos): De la Torre, político corrupto, y Lennie, presentadora auto denominada “voz del pueblo”, se dan cita en el escenario más mediático con el que podía terminar el film, la televisión (canal a través del que “el pueblo escucha la voz”). El fondo es el que los espectadores estamos acostumbrados a ver, el del programa.

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Lo que estamos acostumbrados a ver

La situación cambia cuando Sorogoyen se salta el eje y muestra el otro “campo”, el de las tramoyas y el “backstage” (lo que el público no ve), en el momento en el que la conversación cambia de tono y se empiezan a decir cosas que no estamos acostumbrados a escuchar.

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Cuando pasamos al “contracampo” de nuestra visión

A medida que se desarrolla el combate dialéctico (supongo que Sorogoyen seguiría teniendo en la cabeza a La Motta), la imagen se va fragmentando (es decir, se pasa del plano general a los “cortos” de los personajes) y se acaba casi en “eje” (línea de miradas que une a los personajes, lo que hace que Lennie haga su denuncia de la corrupción prácticamente dirigiéndose a la cámara, y por lo tanto al espectador).

Esto es sencillamente tener oficio dentro del cine, lo cual, por añadidura, no viene solo en el momento en el que se hacen bien los deberes: si la idea de dirección es clara, el resto de departamentos reman a favor potenciando lo que se quiere contar y NO hace cada uno la guerra por su cuenta (que es lo que ocurre en la cintas menos trabajadas). En el caso del montaje (que va del “picado” al “vertiginosamente picado”) y la banda sonora (qué mejor acompañamiento que la música ideal para relatar la adicción/drogadicción que supone el círculo vicioso de la corrupción) le van como anillo al dedo a este retrato particular de la podredumbre moral que, como Scorsese a mitad de Goodfellas, se abre aquí con un plano secuencia que nos dice básicamente lo mismo: esto va sobre “un tío (en realidad muchos), que, entrando por la cocina/trastero se acaban sentando a la mesa a comer gambas con los peces gordos”… hasta que te pillan.

En definitiva, una lección de cine magistral, necesaria y con un protagonista que podría tomarse un “cortado” con Walter White en la Malvarrosa. Ojalá la haya visto Scorsese.

Proletarios del mundo, uníos


[ATENCIÓN SPOILERS]

Aunque iniciar un texto con una cita histórica pueda resultar contraproducente por pretencioso (o justamente todo lo contrario), recordar la afirmación de Leibniz de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles” es un buen punto de partida para reflexionar acerca de cómo y con qué tono hablan las películas recientes sobre la sociedad actual y las conexiones que se establecen entre los discursos de varias producciones reconocidas. Personalmente creo que, a la hora de establecer (la palabra ya es categórica) un pensamiento sobre un tema, se peca tanto de arrogancia como, especialmente, de un “olvido” interesado de factores colaterales y ejemplos contrarios a lo que querríamos demostrar dependiendo de dónde pongamos la lupa. Sin embargo, me gustaría aclarar que este repaso de la imagen que el cine reciente (así, a salto de mata) realiza sobre el mundo en el que vivimos es sólo una opinión personal más y una visión particular sin ánimo de conducir a inferencias absolutas.

En primer lugar, cabe decir que la función del cine puede resultar amplísima, desde el quórum general que defiende su papel comercial como “entretenimiento de masas” hasta una visión más “gafapasta” que, en base a su condición de “arte” (la séptima nada menos), rompe una lanza a favor de una contemplación activa y reflexiva sobre lo que estamos viendo, ya que lo que se nos está ofreciendo no es baladí, sino que se presupone que una mente (colectiva) pensante ha decidido todos y cada uno de los elementos que aparecen en pantalla. En mi opinión, no considero que una excluya a la otra, siendo totalmente lícita la intención con la que se vaya a ver cine, siempre que se vea.

Al igual que no se puede negar que “el séptimo arte” no sería tal sin los dividendos de la taquilla (y actualmente de todas las plataformas on demand y derivados), considero que, aunque el nivel de   reflexión se mueva en un espectro entre el grado “mas simple que un botijo” y lo trascendental, toda película tiene un mensaje (que es lo mismo que decir “una razón de ser”, más allá de su estrategia comercial). Las producciones son inversiones tan costosas que el rodar un solo plano o no rodarlo ya es una decisión revisada y pensada por más personas de las que nos gustaría ser conscientes. En consecuencia, estas decisiones implican una “dirección” (y de ahí el papel del director/a como guía de la ruta que hay que seguir hasta la meta/mensaje), siempre que se hayan hecho bien las cosas. No se toma una dirección sin tener claro qué es lo que quiero contar, y si la elección que hago va a ayudar a ello o no (principalmente porque esas decisiones valen su peso en oro, literalmente). En última instancia, el apostar por un mensaje implica, voluntaria o involuntariamente,  que el autor “muestre sus cartas” y revele su ideología sobre un tema determinado.

En los últimos años, hemos sido testigos del estreno de una gran cantidad de películas que muestran el “statu quo” del mundo: por un lado están los desfavorecidos, por otro los aprovechados. Atendiendo a las diferentes tesis que se desprenden de la mayoría de ellas, podemos calificar esta organización mundial como “injusta” cuanto menos: todas las personas se encuentran regidas por un conjunto de normas que, siguiendo la derrotista tónica de la desigualdad, tienden a favorecer y perpetuar la situación de los segundos. Esto lleva a plantearse hasta qué punto tienen sentido este conjunto de leyes y reglas, con el reverso tenebroso de que la “violencia”, en caso de utilizarse como vía de cambio, “acaba generando más violencia”. El anverso “luminoso”, en cambio, suele apostar por un “happy end” reconfortante (más todavía si la película es “made in USA”). Aunque la injusticia sea un cuento más viejo que la propia narrativa, los acontecimientos históricos de los últimos años parecen haber reavivado esta tendencia (crisis económica del 2008, recesión, austeridad, medidas coercitivas en la zona euro, llamadas a recuperar [o conseguir] la soberanía nacional en territorios como el escocés, el catalán o el británico con respecto a la UE, las guerras “económicas y geopolíticas” en Oriente Medio, etc…)

Obviamente este terreno es prácticamente inabarcable, por lo que he decidido basar mi reflexión en una lista personal de cintas que he podido ver durante los últimos meses, la mayoría de marcado éxito crítico (y algunas de público):

La naturaleza de la desigualdad puede atender, a tenor de las películas que tratan la materia, a causas económicas, pero también sociales, políticas o de género. Dentro de las diferentes tipologías, hay producciones que rebuscan en las causas, normalmente no de “una injusticia con mayúsculas”, sino de cuestiones más concretas sobre las que establecer un comienzo y un posible final, como el premiado documental Inside job sobre la crisis del 2008. Otras describen los síntomas, con una voluntad del tipo “observad desde la butaca cómo funcionan ciertas partes del mundo” (Cafarnaúm en lo económico o La noche de 12 años en lo político/histórico podrían ser ejemplos). También encontramos películas que pasan a analizar directamente las reacciones ante la injusticia, las cuales suelen ser violentas (y también puestas en tela de juicio, incluso en experimentos tan chocantes como La casa de Jack de Lars Von Trier, quien manda a su ¿alter ego? al infierno al ritmo del “come back no more” de Hit the road Jack). Sin embargo, he decidido realizar el presente repaso basándome en la condición de los personajes, que para algo son nuestros “guías” dentro de la trama, aquella o aquellas personas (o animal o cosa, según la maestría del autor) a las que seguimos durante la película y que nos enseña el “mundo de la ficción” (salvo en “excepciones narrativas especiales”, por si alguien se pone exquisito). ¿Qué quiere decir esto exactamente? Que ordenaré mi discurso en base a si la película trata sobre el “aprovechado” o sobre “oprimido” y, posteriormente, ver qué mensaje / tesis / solución nos plantea el film.

  1. Proletarios del mundo, uníos

El propio Rodrigo Sorogoyen, autor de El reino, la cual figurará en el apartado de “los aprovechados del sistema”, declaró al recoger el Goya a mejor director de este año que “Isaki Lacuesta había filmado la obra más rotunda de este curso”. Se refería a Entre dos aguas, segunda parte de La leyenda del tiempo, film candidato a los galardones a lo mejor del cine español y ganador de la Concha de Oro en San Sebastián. Esta película cuenta la hiperrealista historia de Israel y Cheíto, dos hermanos andaluces que regresan a la isla de San Fernando, uno tras salir de la cárcel y el segundo al terminar una misión de la Marina. El panorama no puede ser más desolador: falta de recursos, un Estado que no da abasto para tratar cada uno de estos casos (significativa por irónica es la escena en la que Cheíto escucha el himno de España junto a sus compañeros de la Marina en la cubierta de un barco) y una desestructuración familiar que se perpetúa. ¿Cómo termina Lacuesta su mirada particular sobre este microcosmos? Fragmentando el plano nos muestra a Isra observando a sus tres hijas, las cuales juegan despreocupadas en una orilla.

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La mirada fragmentada de “Isra”…
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… y sus hijas (Entre dos aguas).

Al igual que el film sueco The square, ganador de la Palma de Oro hace dos años, la inocencia y la infancia son los protagonistas del mensaje final. En el caso de la cinta nórdica, la cual reflexionaba acerca de la insolidaridad humana hacia nuestros iguales (de nuevo la injusticia), Christian, el personaje principal, se decide finalmente a “cruzar la valla” y pedir perdón a un inocente al que acusa de haberle perturbado la existencia. Lo que ocurre es que es demasiado tarde, y cuando se presenta en el lugar ya no existe la persona ante la que disculparse. En la secuencia final en el coche, Christian mira hacia atrás, observando (también con el plano fragmentando) cómo sus hijas están sentadas sin ningún tipo de preocupación. Es un mensaje de “doble filo”, al igual que el plano de Isra en Entre dos aguas: es una pregunta acerca del mundo que les dejamos a nuestros hijos, y un canto a la esperanza para que ellos, que aún “no están contaminados”, no cometan nuestros errores.

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“El cuadrado es un santuario de confianza y afecto, dentro de sus límites todos tenemos los mismos derechos y obligaciones” (The square)

Justamente de niños e inocencia versan asimismo las siguientes películas:

En primer lugar cabe hablar de Lazzaro feliz, una cinta italiana sobre “los desheredados” contada en forma de fábula. Alice Rohrwacher, directora del film, declaraba al hilo del estreno que había crecido “sin saber que había desigualdad en el mundo”, porque sus padres le habían hecho creer que “los hombres y las mujeres son iguales”, pero no es así, sino que la desigualdad existe, “es milenaria” y “es necesario denunciarla”. Por otro lado, la ya mencionada Cafarnaúm es una película libanesa sobre la vida de un chico huido de casa en lo más sórdido de Beirut, la París de Oriente. Nadine Labaki, autora de la cinta (dejo a la libertad del lector el reflexionar si es casual que sean justamente dos mujeres cineastas las que hayan contado estas historias), declaraba que “el mundo no va por buen camino, y los más perjudicados son los niños, que al fin y al cabo son el futuro de nuestra sociedad”.  En un artículo sobre su estreno, publicado en El cine en La Ser (13/02/2019), Pepa Bueno cita a Román Gubern y su obra Historia del cine para recordar que “las películas sirven como barómetro de las preocupaciones colectivas”, a la vez que nos recuerda que, pese a todo, cuando el cine “se fija en la marginalidad social” es “generalmente un relato burgués, que mira desde fuera esa marginalidad”, lo cual también entronca con el contexto de Rohrwacher o Lacuesta. Lógicamente el cine es un “juguete muy caro” y en la mayoría de los casos los autores del discurso no viven la situación que denuncian, pero hay que tener asimismo este hecho en cuenta desde el punto de vista de la ideología (que se lo digan sino a Cuarón y las “críticas” que censuraban su legitimidad como burgués para adoptar el punto de vista de su/una criada en Roma).

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Los “desheredados” en contrapicado y la antigua aristocracia filmada en un picado. Así defiende Rohrwacher el honor de los primeros en “Lazzaro feliz”

Mientras que la película de Rohrwacher termina con una secuencia marcadamente amarga (Lazzaro, o lo que es lo mismo, el personaje que encarna la “inocencia” con todas sus letras, desde el nombre hasta el físico pasando por sus acciones, es asesinado en un banco en una especie de alegoría de que “el hombre es un lobo para el hombre”), Cafarnaúm deja entrever un posible futuro para un chico que, tras denunciar en los juzgados a sus padres por traerle al mundo (otras cosas no, pero la confianza en el sistema judicial parece ser férrea en el Líbano a tenor de los films de esta nacionalidad que nos han llegado últimamente, como El insulto), adquiere por primera vez una “identidad” (y una sonrisa). Parece ser que el tratar con niños y tramas de este tipo “invita” a que el mensaje no sea tan (o abiertamente) descarnado, como también podíamos ver en The Florida project. En esta producción estadounidense, una madre (y un “padrino”, interpretado por Willem Dafoe) crean un mundo alejado de la realidad para evitar que la sórdida verdad afecte a un grupo de niños que viven y juegan en un decadente motel de Orlando. Este escenario es testigo de la prostitución de la madre protagonista o de los problemas económicos de las familias desestructuradas que en él habitan, pero justamente lo extraordinario de la narración es que nos convirtamos en un niño más durante el visionado… hasta que es inevitable. La metáfora visual de “el árbol que crece torcido” es un punto de genialidad más en una trama en la que los pequeños protagonistas acaban huyendo de su mundo hacia Disneyland, el lugar de los sueños (qué bien escogida la ciudad de Florida como ejemplo de la cara luminosa y la cruz oscura que conviven en un mismo lugar). Durísimo pero “poético” final, que vuelve a preguntarse, igual que The square o Lacuesta, qué pasará con los adultos del mañana.

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¿Sabes por qué es mi árbol favorito?

En una línea “más nórdica”, Andrei Zvyagintsev nos muestra un mundo carente de sentimientos en Sin amor, cinta rusa nominada al Oscar hace dos años que narra la desaparición de un niño en medio de la separación (y el ninguno) de sus padres. Tras el drama que supone la infructuosa búsqueda, el director termina el relato mostrando unos personajes que no han avanzado, que no han aprendido a amar (sólo a ellos mismos), productos de una sociedad que se mira el ombligo y el smartphone mientras de fondo hablan en los telediarios de la guerra de Ucrania (el niño jugando con la típica cinta con la que la policía precinta escenarios criminales antes de su desaparición es otro de esos toques geniales como el mencionado en The Florida project).

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El niño y la cinta. Resumen visual de lo que pasará en la trama.

Si la inocencia (y los niños en su representación) resulta un filón interesante para tratar la injusticia, tampoco podemos pasar por alto otro colectivo que también conoce bien el anverso y el reverso de la sociedad: los inmigrantes. Movimientos de personas por conflictos bélicos, hambrunas o pobreza en general se han producido y han sido contados por el cine desde antiguo (incluyendo casos tan “idealizados” como el de Vito Andolini en El Padrino II), pero en un mundo plagado de Salvinis, Orbans o Le Pens la pantalla nos lo vuelve a recordar. Personalmente considero que Kaurismäki se merece el aplauso con El otro lado de la esperanza, la visión del cineasta finlandés acerca de los refugiados sirios. La película nos muestra a Khlalid, un inmigrante ilegal que llega a Helsinki en busca de asilo al tiempo que trata de encontrar a su hermana, Miriam. Tras ser rechazado por las autoridades, encuentra refugio en un restaurante pintoresco de la capital (“siempre hay gente buena, el problema es que también la hay mala”, parece decirnos Kaurismäki). Finalmente se reencuentra con Miriam (quien parece haber sufrido abusos en su periplo hasta el país nórdico), aunque los días de Khaled terminarán tras ser atacado por un racista y morir acuchillado en la calle. Es un desenlace ficticio que lamentablemente podría ocurrir en la realidad, a tenor de lo sucedido en Noruega en 2011 con Anders Breivik y su asesinato masivo en la isla de Utoya (contado por el film homónimo actualmente en cartelera y por Greengrass en 22 de julio). Son ejemplos de que incluso en las sociedades “más perfectas” se pueden perpetuar injusticias de la peor naturaleza (el feminismo ocupará asimismo una publicación independiente, pero recordemos que en otro de los vecinos escandinavos, Suecia, se escribió “El hombre que no amaba a las mujeres”, novela de Stieg Larsson que ponía la atención en temas como el machismo o el auge de la extrema derecha en “el paraíso”).

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El otro lado de la esperanza

Con tintes más sobrenaturales también hablaba de inmigración Jupiter’s moon, producción húngara (significativo el país justamente por las ideas del Gobierno electo) ganadora en Sitges hace dos años. Con una historia que comienza mostrando el bloqueo político y migratorio existente en la frontera entre Serbia y Hungría, el director Kornél Mundruczó narra la transmutación de un refugiado sirio en una suerte de superhéroe que acaba sobrevolando los tejados de Budapest (“los últimos serán los primeros”).

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Efectiva huida de la policía en Jupiter’s moon

Como último ejemplo de un capítulo que podría alargarse hasta la saciedad, cabe citar la aproximación de un veterano como Haneke al tema en Happy end. El realizador centroeuropeo narra el desmoronamiento de una familia burguesa a partir de otro desmoronamiento físico (el del muro de una de las obras que controlan), con el telón de fondo de los refugiados (la relación entre la “selva de Calais” y ese muro no es casual). La cinta termina con una boda en la que un miembro de la familia permite entrar a un grupo de africanos (lo que deja en shock al resto, como la escena del mono en The square) y el veterano del clan familiar le pide a la pequeña de la familia (otra vez la pérdida de la inocencia) que le ayude a morir. Un “happy end” en toda regla.

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Plano…
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….contraplano (Happy end)


En posts sucesivos trataré la otra cara de la injustici
a (por mucho que en alguna de estas películas ya se haya apuntado al mostrar las diferentes perspectivas de la sociedad), especialmente desde instancias gubernamentales que asustarían al mismísimo Kafka y que, entre otras cosas, se sirven de la mentira para tapar sucesos (¿y provocarlos?) como Chernobyl. En esta serie de HBO se hablaba de cuál es el precio de la mentira, pero… ¿cuál es el coste de la injusticia?

¿ES STEVEN SPIELBERG UN GENIO DEL CINE O SIMPLEMENTE UN BUEN DIRECTOR?

Spielberg, el “Rey Midas de Hollywood”

Para el espectador medio, hablar de Spielberg es hablar de uno de los mayores exponentes del cine. Puede que lo sea, pero la crítica más especializada (esa que defiende a capa y espada los films de Lars Von Trier, Kiarostami y similares) lo considera más bien un “rey de la taquilla” que un genio. Está claro que su filmografía no responde a los cánones de los Buñuel, Rosselini o Scorsese de turno, pero… ¿por qué ese odio de los considerados “entendidos” hacia el director de Cincinnati?

No será tan profunda como “Taxi driver” pero.. ¿a quién no le gusta Indiana Jones?

La mayoría de las críticas se basan en que el cine de Spielberg cae en ocasiones en la sensiblería más absoluta, todo muy familiar, muy bonito. Mientras Scorsese bajaba a los infiernos con “Toro salvaje”, Spielberg se dedicaba a reventar la taquilla con una cinta más ligera y del gusto de los espectadores menos exigentes como “Indiana Jones”. Además, el hecho de que Steven se hiciese cargo de “Inteligencia Artificial”, proyecto largamente acariciado por Kubrick durante décadas, y le diese ese final tan “lacrimógeno” (habría mucho que discutir) le hizo perder enteros para los “iluminados” de medio mundo (la sombra del director de “La naranja mecánica” es muy alargada). Críticos respetados como Jaume Figueras exponían, en un reportaje del excelente canal TCM, que la dilatada carrera de Spielberg desde que rodara “El diablo sobre ruedas” hasta nuestros días le ha llevado a abordar proyectos que un supuesto genio del séptimo arte nunca filmaría. A películas como “Always” o “La terminal” me remito. Pueden resultar productos simpáticos e incluso servir para salir del paso en alguna ocasión, pero Bergman no los hubiera rodado nunca. Una cosa es ser “El rey Midas de Hollywood”, título que nadie le discute, y otra muy diferente es intentar aparentar que has descubierto América. El propio Enrique Urbizu decía que Spielberg podía usar muy bien el esquema “montaña rusa” en, por ejemplo, la saga Indiana, pero que el creador de ese estilo era Raoul Walsh. Ya no hablemos de los films que Steven produce y no dirige, con auténticas manchas en su currículum como “Transformers”.

Dicho esto… ¿a quién no le gusta Indiana Jones? ¿Quién no se lo ha pasado genial, tanto de pequeño como de mayor, viendo “ET”, “Parque jurásico” o “Tiburón”? Y ya que se le acusa de no ser un director con ambiciones artísticas (tampoco lo voy a negar por completo, que el hombre no es Kubrick ni de lejos), ahí hay películas como “La lista de Schindler” para demostrarlo. Una película emocionante, ambiciosa, perfecta… y en blanco y negro y con una duración de 195 minutos en plenos 90’s, para que se hable de “decisiones arriesgadas”. Sí es verdad que tuvo que rodar “Parque jurásico” previamente para llenarse los bolsillos de dólares y poder hablar con tranquilidad del Holocausto judío, pero no todo el mundo se atreve con una empresa así. Lo mismo cabe decir de “Salvar al soldado Ryan”, un film no tan redondo (me gusta la película, pero ¿un comando entero de soldados para salvar solo a uno?) pero duro, alejado del “canon Spielberg”.

Spielberg se pone serio: “La lista de Schindler”

Aunque no comparta la opinión de Figueras, sí es cierto que su filmografía más reciente presenta algún que otro bache. ¿“La guerra de los mundos”? Venga Spielberg, que no eres George Lucas. Tampoco quiero decir que para tener la crítica a los pies se necesite rodar un film en arameo (Mel Gibson no lo consiguió, vaya) pero rodar una película “palomitera” no implica reírse del espectador. Puedes ganar millones y a la vez llevarte el aplauso de medio mundo. “Encuentros en la tercera fase” lo demuestra. El propio Spielberg lo intentó remediar poniéndose serio con “Munich”, y de hecho lo consiguió. Puede que el film siga una estructura muy mecánica y que no convenza a ciertos sectores, pero me da a mí que se debe más a motivos ideológicos que puramente cinematográficos. Eso sí, luego no me ruedes la cuarta parte de Indiana Jones porque me deprimo.

Vamos, con esto quiero decir que Spielberg no es el realizador definitivo, pero tampoco entiendo las críticas tan exacerbadas que los “entendidos” le dedican últimamente. Es verdad que ya no son los 80’s y “el rey Midas” ha ido perdiendo su capacidad de aunar éxito millonario con “respeto académico” (muy difícil por otra parte), pero su carrera es más que loable. De hecho, es muy buena, de la mejores que puedes encontrar hoy en día (“Minority Report” es un film para revisar por algún que otro crítico). Su nombre quedará innegablemente unido al de la historia del cine reciente, y no sólo por su labor detrás de las cámaras. Eso ya no se lo va a quitar nadie, el respeto se lo ha ganado.

Tardaron en llegar, pero los Óscar terminaron haciendo justicia

No es Scorsese, pero nadie pretende que lo sea. Es Spielberg: tiene otras historias que contar, otros temas, otros ambientes,… y tiene un “sello” propio, algo de lo que todos los realizadores no pueden presumir. Al hilo de esto, José María Latorre, crítico de “Dirigido por…”, dijo en 1994 de Spielberg que “era indudablemente un director con “look” propio”, aunque afirmó asimismo que “temáticamente es un director de secuencias, de fragmentos, que tiende a eludir las escenas difíciles o comprometidas y a potenciar el lado ternurista de las historias que cuenta. En contra de la opinión más generalizada, no me parece un gran narrador”. Teniendo en cuenta este tipo de declaraciones, puede que “su mala estrella” entre la opinión experta se deba a su dimensión tan populista y generalizada, sin centrarse concretamente en la calidad de sus films. Es decir, se aleja de los experimentos “sesudos” que podrían haber rodado artistas como Bergman, Fassbinder o Buñuel en busca de una mayor “sensiblería” y es lo que le hace tener a (un grupo) de críticos en contra. Por poner un ejemplo, “Titanic” fue una película que encandiló a millones de espectadores en su momento, algo que logró gracias a ciertas concesiones que implicaban una mayor espectacularidad de la historia en detrimento de “lo artístico”. Por mucho que ganase 11 Óscar, premios monopolizados por el dinero, “Titanic” nunca tendrá a “Cahiers du cinema” a sus pies. Pues a Spielberg le ocurre algo parecido (con esa excepción notable de “La lista de Schindler” y cintas como “El diablo sobre ruedas”). Puede que se trate de un cliché erróneo dentro del mundo del cine, pero un film que muestre una intención clara de reventar la taquilla podrá ser sonreído por la crítica, pero no aplaudido unánimemente.

Spielberg a punto de rodar una obra maestra, “Tiburón”

Es cierto que sobre gustos no hay nada escrito, por lo que si Spielberg os encanta siempre hay tiempo de revivir las andanzas de Indiana o de emocionarse con “El color púrpura”. Si no os agrada su lado más sentimental (y su carrera reciente), “La lista de Schindler” siempre estará allí. Eso sí, si su estilo no os convence para nada, David Lynch o Jim Jarmusch nunca vienen mal, aunque que nadie me diga que no ha visto, aunque sea una sola vez en su vida, el momento “ET, teléfono, mi casa”.

LUCES Y SOMBRAS DEL “MÉTODO STANISLAVSKI”

Konstantin Stanislavski, el origen de todo

Konstantin Stanislavski, nacido Konstantin Serguéievich Alekséyev en el Moscú de 1863, es una figura capital para las escuelas de interpretación de medio mundo. No en vano, actores de la talla de Marlon Brando o Robert De Niro le deben una gran parte del éxito de sus carreras. Stanislavski, dramaturgo a las órdenes del Teatro de Arte de Moscú, desarrolló una pedagogía de actuación (“el sistema Stanislavski”) a finales del siglo XIX-principios del XX que acabaría difundiéndose a escala planetaria. La verdad es que, en origen,  se trataba de un método contradictorio y poco sistemático, aplicándose en numerosas ocasiones según la interpretación del dramaturgo que lo ejecutase en su obra. Pero, ¿en qué consiste realmente este sistema?

Para empezar, Stanislavski pensaba que los actores no tenían que interpretar simplemente un papel, sino que debían meterse completamente en el personaje. Para ello, la “memoria sensorial o afectiva” jugaba un papel capital. Es decir, si un actor debía de interpretar una escena en la que, por ejemplo, su personaje sufre gran dolor, era conveniente que el propio artista recordara un momento de su vida real en el que pudiera haber experimentado una sensación similar con el objetivo de hacer más creíble su papel. Otros aspectos, como la improvisación o el respeto a los silencios también estaban a la orden del día.

Lee Strasberg, el discípulo

Sin embargo, la llegada de este sistema al mundo del cine se produjo fundamentalmente gracias a la labor de Lee Strasberg, un inmigrante austro-húngaro en Estados Unidos que tomó contacto con el sistema del pedagogo ruso en el American Laboratory Theatre en 1923. De hecho, Strasberg tuvo la oportunidad de ver en directo al propio Stanislavski. A partir de las enseñanzas adquiridas, Lee comenzó a desarrollar su particular “Método”, el cual ya tenía muy en cuenta la relajación, la concentración y la memoria afectiva como elementos claves. Tras ensayar lo aprendido en el Group Thetare, una asociación que Strasberg fundó junto a Harold Clurman y Cheryl Crawford (con la participación de Elia Kazan o Robert Lewis), el “Método” alcanzó su punto más alto en 1951 con la fundación del Actor’s Studio por parte de los citados Kazan, Lewis y Crawford. Esta escuela de interpretación intentó inculcarles a sus alumnos las doctrinas de Strasberg (y por ende las de Stanislavski) y, a la luz de la camada de actores que surgieron, su éxito fue rotundo. Marlon Brando, James Dean, Montgomery Clift, Steve McQueen, Jack Nicholson, Robert De Niro, Dustin Hoffman, Paul Newman, Al Pacino, Harvey Keitel,… la lista es casi interminable. Strasberg, que pasó de ser un invitado en algunos clases al único profesor del Actor’s Studio, veía como su sistema de interpretación estaba en la boca de todo el mundo, tanto por su aplicación en las obras de Broadway como sobre todo en el cine de Hollywood.

Paul Newman, alumno aventajado del Actor’s Studio

Aunque este método parece funcionar en pantalla (a nadie le vamos a descubrir ahora las maravillas de Brando en, por ejemplo, “Un tranvía llamado deseo”) también ha recibido ciertas críticas. El propio Stanislavski, según las malas lenguas, llegó a sorprenderse de que su sistema se hubiera implantado en USA. Sin embargo, el ejemplo más claro es el de famosa frase de Laurence Olivier a Dustin Hoffman, compañeros en el film “Marathon man”, de “¿Por qué no pruebas simplemente a actuar?”. Hoffman, actor del “Método”, se había pasado varias noches sin dormir con el fin de parecer cansado en pantalla, algo que Olivier, actor de formación clásica, no entendía. Sin duda alguna son dos formas de ver ese oficio que es el de actuar, pero… ¿dónde está el límite? ¿A la hora de recrear un personaje con verosimilitud está todo permitido?

Hablar del “Método” es hablar de Marlon Brando

Poniendo un símil con la vida del estudiante, Olivier se hubiera contentado con aprenderse estrictamente el contenido del examen y luego sacar un 10, mientras que Hoffman hubiera preferido estudiar lo necesario y además buscar información complementaria (para sacar un sobresaliente igual). Desde mi punto de vista ambas formas son correctas, pero en la segunda se tiene un riesgo mayor de caer en la pedantería. Hay que recordar que el actor actúa, es sólo un trabajo, no la vida real. Es importante remarcar esto último porque hay ciertos actores que cayeron en depresiones por “meterse tanto en su papel”, por “vivirlo”. Es decir, el intérprete, después de hacer su rol, vuelve a su casa con sus problemas, no es su personaje. Vamos, faltaría más que Christopher Walken, un trastornado jugador de la ruleta rusa en Vietnam para la película “El cazador” se pusiera a recrear su papel en la intimidad, y ya no hablemos de los personajes de Nicholson. Eso sí, Marilyn Monroe, por ejemplo, sufrió una neurosis por culpa del método de Strasberg, quien, por otra parte, fue acusado de tirano.

Cabe decir que personalmente no tengo ninguna queja del trabajo en pantalla de los actores del “Método” (ya me gustaría que todas las interpretaciones fuesen como las de De Niro en “Toro salvaje” o Brando en “El padrino”, faltaría más), sino que en ocasiones cuestiono  la propia eficacia del sistema sobre la psicología de los actores. Maquiavelo decía que “el fin justifica los medios”, frase que Strasberg debía de compartir completamente. Que cada uno saque sus conclusiones. Philippe Gaulier, clown francés y fundador de una escuela de actuación en Londres y París, ya sacó las suyas: “¿Cómo se llamaba ese idiota? Stanislavski, un tipo que ha aburrido a los rusos durante tanto tiempo… Ha convertido a los directores de escena en curas, que dicen: tú ahora debes sufrir, llorar como llorabas en el entierro de tu madre, acuérdate de tu madre. ¡Esto es terrorismo y es lo que gusta a muchos profesores de teatro! Es una mierda, pero una mierda así de grande”. Claro y conciso.

Dustin Hoffman y Laurence Olivier… “¿Por qué no prueba a actuar?”

De todas formas, estas doctrinas siguen teniendo una importancia capital en el mundo del teatro y del cine. No sabemos de quién se acordaría Strasberg, pero el “gurú de la actuación moderna” también probó suerte delante de las cámaras en “El padrino II” entre otras. Coppola le convenció, y Lee se llevó una nominación al Óscar, ahí es nada. En la actualidad, el Actor’s Studio está dirigido por Ellen Burstyn, Harvey Keitel  y Al Pacino tras la aportaciones de Lee Strasberg (murió en 1982) y su hija Susan (fallecida en 1999). Sean Penn o Kevin Spacey despuntan en la actualidad como algunos de sus alumnos más aventajados (la escuela tiene 900 miembros vitalicios hoy en día, los cuales no tiene que pagar ni un dólar).

Con este artículo lo que he pretendido es descubrir un poco más el “Método” para aquellos que no tenían una idea clara sobre el mismo. Recordar que es un sistema que puede suscitar polémica en cuanto a su forma de operar con los actores, pero que ofrece unos resultados muy “naturales”, muy “reales”. Y todo ello “desde Rusia con amor”.

GRANDES DIRECTORES HABLAN SOBRE SU OBRA

WOODY ALLEN

A pesar de que muchos consideran “Manhattan” como su gran obra maestra, Woody Allen no la puede ni ver

“Una de mis películas favoritas (y que no recaudó nada de dinero en los Estados Unidos) es La Rosa Púrpura del Cairo (…) porque tuve una idea y pasé esa idea a la pantalla tal y como yo quería”.

“Creo que Delitos y faltas es una de mis mejores películas. Una de las de más éxito (…) Me parece que había risas y momentos tensos. Así que, en general, tenía sentimientos positivos sobre ella”.

“Nunca estoy contento de mis películas cuando las termino. Y en el caso de Manhattan estaba tan decepcionado que no quería estrenarla. Quería pedirle a United Artists que no la exhibiera. Quería ofrecerles hacer una película gratis si tiraban esa.”

INGMAR BERGMAN

“Persona” y “Gritos y susurros” son lo máximo en la carrera de Bergman según él mismo

“Hoy tengo la sensación de que en Persona (y más tarde en Gritos y susurros) llegué al límite de mis posibilidades. Que en plena libertad, he rozado esos secretos sin palabras que sólo la cinematografía es capaz de sacar a la luz”.

“He hecho películas a las que tengo cariño. He hecho películas, objetivamente buenas, que me son indiferentes. Otras películas están sometidas, de una manera cómica, a mis cambios de humor. A veces ocurre que alguien dice “Esa película me gusta”. Entonces inmediatamente me alegro y a mí también me gusta esa película.”

JOSÉ LUIS GARCÍA BERLANGA

El director valenciano consideraba “Plácido” como su film definitivo

“Para mí, mi película perfecta es Plácido, pero con mucho, en todos los aspectos. Lo que no sé es por qué de pronto me salía todo tan fluido y tan bien. (…) Me parece que Plácido es un momento dulce de mi carrera, en el que sin darme cuenta la película tiene un ritmo, todos los movimientos de los actores me parece que resultan muy fluidos. (…) Ni pienso siquiera que estoy haciendo planos-secuencia.

LUIS BUÑUEL

El director aragonés tiene clara la película favorita de su filmografía

El fantasma de la libertad sigue siendo una de las películas mías que prefiero.”

CLAUDE CHABROL

Chabrol es consciente de que algunas de sus películas fueron verdaderos bodrios

“He hecho mierdas absolutamente sorprendentes. La más sorprendente es sin duda Folies Bourgeoises. Pero yo era consciente de ello. Se hizo como tal. Se presentó como un bodrio internacional, y esto es lo que quiere ser. ¡Constituye un género en sí mismo: el género bodrio internacional!”

CHARLES CHAPLIN

Ni “Tiempos modernos” ni “Luces en la ciudad”, la película más redonda de Chaplin, según él mismo, es “Mr. Verdoux”

“Creo que Monsier Verdoux es la película más inteligente y más brillante de las que haya hecho hasta ahora”.

STANLEY DONEN

Estamos de acuerdo con Donen, “Cantando bajo la lluvia” es su obra maestra

“Prefiero Cantando bajo la lluvia a Un día en Nueva York. Es más perfecta, más bella y más divertida”.

FEDERICO FELLINI

“La dolce vita” o “Amarcord” son más recordadas, pero “Casanova” es la película más redonda de Fellini según sus propias palabras

Casanova me parece mi película más bella, la más lúcida, la más rigurosa, la mejor resuelta estilísticamente”.

JOHN FORD

El maestro del western se aleja de sus clásicos y no duda en resaltar “El fugitivo”

El fugitivo salió tal y como yo quería. Por eso es una de mis películas favoritas; para mí resultó perfecta. No fue popular, los críticos la atacaron y es evidente que no atraía al público, pero yo me sentí muy orgulloso de mi obra”.

“Mis mejores películas no son westerns; son pequeñas historias sin grandes estrellas, sobre comunidades de gente muy simple.”

ALFRED HITCHCOCK

El maestro del suspense, orgulloso de su carrera

“Mis films preferidos, por ahora, son Los misterios de Londres [el de las escaleras, el de Jack el Destripador], que fue uno de los primeros. Después: Los treinta y nueve escalones, La ventana indiscreta, La trama,…”.

JOHN HUSTON

John Huston quiere a todas sus películas, sean buenas o malas

El Tesoro de Sierra Madre es una de las pocas películas mías que cuando me la encuentro en televisión no cambio de canal”.

“Me gusta Reflejos de un ojo dorado. Creo que es una de mis mejores películas. Todos los actores (…) hicieron una interpretación maravillosa, incluso mejor de lo que hubiera esperado. Y Reflejos es una película bien construida. Escena por escena (en mi humilde opinión) es bastante difícil ponerle peros.

“Los films, de todos modos, son como los hijos, se les ama a todos por igual, hermosos o feos. He hecho dos o tres que, como hijos, pueden considerarse un poco… retardados, pero aunque no estoy orgulloso de ellos, tampoco reniego de mi paternidad. En el corazón de un padre (y de un director) hay lugar para todos”.

ELIA KAZAN

El director de “La ley del silencio” considera “América, América” su film preferido. Sin duda, es una película que refleja su propia vida.

“De todas mis películas, Mar de hierba es la que menos me gusta. No es que solamente sea mala, soy yo el que era malo, mis defectos eran flagrantes.”

América, América es mi favorita entre todas las películas que he hecho”.

ANTHONNY MANN

Anthony Mann no se puede quedar con una sola de sus películas

“(Mis mejores películas): Winchester 73, El Cid, God’s Little Acre, La colina de los Diablos de Acero,…”

LEO McCAREY

“Sopa de ganso” es quizá su film más famoso, pero para nada su preferido

“A mí no me gusta tanto Sopa de ganso (…) Yo no quería hacer de ninguna manera este film con ellos (los Hermanos Marx): estaban completamente locos. (…) Pero ese film no es mi ideal: ha sido la única vez en mi carrera que el humor descansaba en el diálogo, era el único humor que se podía obtener”.

VICENTE MINNELLI

Minnelli, entusiasmado con su “loco del pelo rojo”

El loco del pelo rojo (…) es mi película favorita, contiene un mayor número de momentos favoritos que cualquier otra de las que he dirigido”.

BUSTER KEATON

Buster Keaton, referencia para muchos directores posteriores

“Para mí, El navegante y El maquinista de la General son las dos mejores películas que yo haya hecho nunca”.

ROMAN POLANSKI

Polanski, nostálgico de su etapa polaca

Cul-de-sac es mi mejor película. Siempre me ha gustado. Siempre creí en ella. Es cine verdadero, es cine para el cine, como el arte por el arte. Está muy delante de cualquier cosa que se haya hecho en la semántica del cine”.

ROBERTO ROSSELLINI

El que fuera marido de Ingrid Bergman se avergüenza de algunos de sus films

“Mis únicas películas de las que me avergüenzo un poco son El General de la Rovere y Anima Nera. Eso es todo.

ORSON WELLES

¿”Ciudadano Kane” la mejor película de la historia? No para su autor, Orson Welles

El cuarto mandamiento es la única de mis películas que he visto después de terminada y estrenada (…) Era una película mejor que Ciudadano Kane si la hubieran dejado como la hice”.

“En el cine yo creía haber hecho muchas cosas y después resultó que ya habían sido hechas con anterioridad… Este es un buen argumento a favor de mi punto de vista de que los directores no deben de  ver demasiadas películas”.

¿QUÉ HACE UNA ESTRELLA COMO YO EN UNA PELÍCULA COMO ÉSTA?

Actores como Marlon Brando, Katharine Hepburn o John Wayne han ido acumulando a lo largo de su carrera un buen puñado de obras maestras y clásicos cinematográficos instantáneos. Sin embargo, también han ofrecido ciertas interpretaciones un tanto extravagantes y fuera de lugar. ¿Brando haciendo de japonés? ¿Angelina Jolie y Colin Farrell madre e hijo? A lo largo de este artículo voy a intentar reseñar algunos de los errores de cast más sonados de varios de los intérpretes más famosos del mundo del cine:

MARLON BRANDO

Marlon Brando en “Candy”

Un Marlon Brando muy alejado de sus grandes interpretaciones

La película, considerada como uno de los peores films de la historia, trataba el sexo de forma satírica a través de su protagonista, la bella Candy (interpretada por una Miss Suecia adolescente), una chica sexy y dudosamente ingenua. En “Candy”, Brando interpreta al maestro Grindi, un gurú que no deja de hablar del “yo interior” y de “la búsqueda mística de lo inmutable”. La cinta se haya plagada de diálogos sin sentido como “Debemos encontrar ahora el lugar donde reside lo inmutable”, a lo que Candy replica “¿Te refieres a mis pulmones?”.  Sin embargo, no sólo Brando se expone al más absoluto ridículo con esta cinta, ya que actores de la talla de Richard Burton, Walter Matthau, James Coburn o el director John Huston se prestaron a participar en esta disparata producción. Las malas lenguas dicen que el rodaje de la cinta quedó marcado por la abundante droga que empezaba a extenderse durante los 60’s. Viendo el resultado final pudo haber ocurrido cualquier cosa.

Aquí os dejo el (extravagante) trailer. Atentos a Brando:

Marlon Brando en “La casa de té de la luna de agosto”

¿Marlon Brando haciendo de japonés?

En ciertas ocasiones, Hollywood, desoyendo al resto del mundo, ha intentado levantar producciones ambientadas en países extranjeros con un reparto enteramente norteamericano. La obra de teatro de John Patrick “La casa de té de la luna de agosto” fue un éxito espectacular en el año 1953. Ganó el Pulitzer, el Tony o el Premio de los Críticos Teatrales de Nueva York, además de mantenerse en cartel durante dos años y medio. Su argumento planteaba, en clave cómica, la ocupación estadounidense en la ciudad de Okinawa durante la posguerra. En su trasvase a la gran pantalla, la Metro-Goldwyn-Mayer quería a una estrella japonesa para el papel protagonista, el de un traductor local al servicio de un capitán americano que ha sido asignado a un pueblecito de Okinawa para instruir a los aldeanos en la democracia mientras sus hombres construyen una nueva escuela. Como la MGM interpretó que ningún actor nipón era lo suficientemente conocido (¿y Toshiro Mifune?) contrataron a Marlon Brando para darle la réplica a Glenn Ford. Brando, en su desmesurado afán por convertirse en el “mejor actor de todos los tiempos”, ya había expresado su intención de hacer de un oriental, por lo que aceptó rápidamente. Para dar el pego, el actor de Nebraska aprendió el idioma fonéticamente (sin saber lo que decía), se pasaba el día encorvado y se alargó la cara. Aunque no todas las críticas fueron negativas (¡fue nominado al Globo de Oro!), el propio Brando reconoció años después que “Mi esperpéntica presencia en esta película no fue más que una pobre decisión de casting”.

No voy a hacer más sangre, pero Brando, que por otra parte me parece uno de los mejores actores de la historia, también tiene otros “puntos negros” en su carrera como “La isla del doctor Moreau” o “Cristóbal Colón: el descubrimiento”.

JOHN WAYNE

John Wayne en “El conquistador de Mongolia”

¿De verdad John Wayne se veía en el papel de Ghenghis Khan?

En esta cinta producida por Howard Hughes, John Wayne, encasillado para siempre en el género western, cambió sorprendentemente de registro e interpretó, con más pena que gloria, a Gengis Khan. Dick Powell, el director, confiaba en que la Fox le prestase a Brando para actuar en el film, pero Marlon estaba ocupado haciendo de Napoleón en “Desiree”. Así las cosas, Wayne se hizo con el papel. El film se rodó en localizaciones cercanas a St. George en el desierto de Utah, no muy lejos del lugar donde el ejército USA realizaba pruebas nucleares durante los 50’s. Si bien el equipo era consciente de estas prácticas (hay fotos de Wayne sosteniendo un Contador Geiger durante el rodaje), la relación entre la exposición al polvo radiactivo y el cáncer no estaba bien estudiada por aquel entonces. ¿El resultado? Muchos actores murieron de cáncer (Hayward, Wayne y Moorehead a mediados de los 70’s) y el director Powell poco después de haber terminado la película.

En cuanto al recorrido comercial del film, la cinta resultó ser tan fallida que el propio Howard Hughes compró todas las copias del film a un precio de 12 millones para que nadie pudiese ver semejante esperpento. De hecho, no fue hasta 1974 cuando fue transmitida por televisión.

John Wayne en “La historia más grande jamás contada”

John Wayne haciendo de centurión romano

“La historia más grande jamás contada” es el ejemplo perfecto de película que intenta contratar al mayor número de estrellas posibles (aunque no tengan nada que ver con sus personajes) con el fin de llenar las salas de cine. John Wayne, como estrella que era,  no podía quedarse sin salir esta cinta, la cual pretendía ser el film definitivo sobre los últimos días de Cristo. Aunque la película en sí no es mala, revistas como “Los Angeles Magazine” le echaron en cara que fuese una sucesión constante de caras conocidas. El propio Wayne interpretó a uno de los  centuriones romanos que acompaña a Cristo durante el calvario. Sin embargo, el “héroe americano” no podía salir en pantalla fustigando al Señor, por lo que se limita a acompañarlo pacíficamente. Por supuesto, Wayne se queda al margen una vez llega el momento de la crucifixión, faltaría más. Cuando Jesús muere, el actor de Iowa suelta una frase lapidaria: “No cabe duda, este hombre era el hijo de Dios”. Nada que ver con “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson.

KATHARINE HEPBURN

Katharine Hepburn en “Estirpe de dragón”

Otra gran estrella de Hollywood haciéndose pasar por oriental

La ganadora de cuatro Óscars Katharine Hepburn (todo un récord) decidió demostrar su calidad interpretativa en esta cinta sobre la invasión japonesa de China durante 1937 y su desastroso impacto en una familia agraria. Lo que no sabía es que acabaría convirtiéndose en uno de los puntos negros de su carrera. Hepburn se llegó a estirar los ojos con escamas de pescado para parecer una oriental, aunque, eso sí, no se molestó en ocultar su acento de Connecticut. Aunque la cinta posee momentos de gran fuerza, especialmente en lo referido a la descripción visceral de las atrocidades cometidas durante la guerra (se muestra una de las primeras violaciones en pantalla, además de imágenes de gente peleándose por el cadáver de un perro) el reparto es, cuanto menos, desacertado. Hepburn se rodea de intérpretes como Walter Huston (¿hay alguien más americano que él?), Turnham Bey (un austriaco de ascendencia turco-checoslovaca) y Henry Travers para dar vida a una familia china. Increíble. Además, los hijos de las varias parejas que aparecen en pantalla sí que son auténticos niños asiáticos pero, como no se parecen a sus padres, dan la sensación de ser adoptados. De chiste.

PAUL NEWMAN

Paul Newman en “El cáliz de plata”

Paul Newman en la, según él, “peor película de los 50’s”

Seguramente el propio actor estaría de acuerdo en incluirse en esta desafortunada lista, ya que como declaró años después del estreno del film, “El cáliz de plata fue la peor película de la década de los 50’s”. De hecho, Newman estuvo a punto de dejar la profesión de actor sólo por su actuación en esta cinta, la cual cuenta la historia de Basil, un joven escultor griego que se libera de la esclavitud y que confecciona el cáliz del que Cristo va a beber en la Última Cena. Los compañeros de reparto tampoco parecen elevar el nivel de la película: Jack Palance hace de un mago enloquecido que acaba tirándose desde lo alto del Coliseo romano para probar sus poderes, mientras que Lorne Greene interpreta a un San Pedro que, viendo su forma de actuar, bien podría ser Dios. Lo más gracioso es que la productora lanzó el film con el siguiente eslogan: “La más espectacular historia de verdad y tentaciones jamás producida”.

YUL BRYNNER y TONY CURTIS

Yul Brynner y Tony Curtis en “Taras Bulba”

¿De verdad dan el pego Yul Brynner y Tony Curtis como padre e hijo en “Taras Bulba”?

“Taras Bulba”, adaptación hollywoodiense de una célebre novela del escritor ruso Nikolai Gogol, tuvo en los papeles protagonista a Yul Brynner y Tony Curtis…. ¡como padre e hijo! El film, que eliminó casi todos los pasajes del libro en los que se mostraban los conflictos internos de los personajes en pos de una mayor espectacularidad, trata sobre las disputas entre polacos y cosacos en las estepas ucranianas durante el siglo XVI. Yul Brynner (nacido Yuli Borisovich Bryner), daba el pego como bárbaro cosaco al haber nacido en Vladivostok, ¿pero Curtis? Su acento  del Bronx neoyorkino, el cual no intentó ni ocultar, es uno de los grandes fallos del film, además de que sólo tenía 10 años menos que Brynner, un margen muy escaso para dar el pego en sus roles de hijo y padre. Por último, cabe recordar que Yul Brynner padecía de alopecia, mientras que Curtis era considerado uno de los actores más atractivos de Hollywood  gracias a, entre otras cosas, un frondoso cabello y unos rasgos típicamente americanos. No hay más que decir.

COLIN FARRELL y ANGELINA JOLIE

Colin Farrell y Angelina Jolie en “Alejandro Magno”

¿Madre e hijo?

Dejando de lado otros aspectos fallidos del film, como la forma en la que el director Oliver Stone trató la homosexualidad de un personaje histórico como es Alejandro Magno (las relaciones entre hombres no eran extrañas en la antigua Grecia, pero el film las convierte en el principal tema de conversación) Colin Farrel y Angelina Jolie en sus roles de hijo y madre no resultan nada creíbles. La principal razón es que Jolie sólo tiene un año más que Farrell en la vida real (29 y 28 años respectivamente cuando rodaron el film), además de que no hace ningún esfuerzo por aparentar una mayor edad. De hecho, parecen hasta amantes al juntarse en pantalla, de ahí que frases como “¿A quién voy a acunar ahora por las noches?” que le dice Jolie a Farrell suene cuanto menos ridícula.

RICHARD BURTON

Richard Burton en “El asesinato de Trotsky”

Richard Burton fue un imposible Trotsky

Leon Trotsky, sucesor natural al frente de la URSS tras Lenin, fue apartado del poder por Stalin. Tras ser expulsado del Partido Comunista en 1927 y desterrado del país en 1929, fue finalmente asesinado en 1940 por el español Ramón Mercador en México. Este material tan jugoso no se le podía escapar a Hollywood, aunque el proyecto fue mal desde el principio. Para empezar, el encargado del guión fue Nicholas Mosley, hijo del célebre fascista Sir Oswald Mosley. Una elección un poco extraña teniendo en cuenta que se trataba de contar la vida de un comunista. Aunque Dick Bogarde fue el primer candidato para hacerse con el papel, éste fue finalmente a parar a manos de Richard Burton. El actor galés adelgazó más de 15 kilos (aún así necesitó corsés) para preparar el personaje, además de ponerse una barba de dudosa credibilidad. La carrera comercial del film fue fatal, siendo abucheada en multitud de cines alrededor del mundo.

Aunque hay muchos otros ejemplos de intérpretes que se pusieron en evidencia con sus incomprensibles participaciones en películas en las que para nada encajaban, creo que con esta lista bastará para haceros una idea de que incluso los más grandes siempre tienen un mal día.

Fuente: “¿Qué hace una estrella como yo en una película como ésta?” de Luis Miguel Carmona, T&B EDITORIAL