“Conócete a ti mismo”, la enseñanza que aprendió Joker en su viaje a Delfos

Independientemente de que seas más de los que van esporádicamente al cine o de que, por contra, estés cerca de editar una recopilación sobre cine sueco contemporáneo, parece innegable afirmar que “Joker“, la última película de un nombre tan inesperado en este contexto como el de Todd Phillips (director de la trilogía “Resacón en Las Vegas“), se está convirtiendo en un fenómeno sociológico tanto en el ámbito crítico como en el taquillero. Aunque no suele darse muy habitualmente esta bonita coincidencia (lo digo en un año en el que “Endgame“, cinta con mayor recaudación de la historia, parece cumplir sólo en uno de los dos ámbitos), lo cierto es que es algo a valorar positivamente. En lo referido al contenido, procederé a hacer mi análisis a continuación, apoyándome en una miscelánea curiosa y con SPOILERS varios:

Tras poner de manifiesto que la película ha sido capaz de interesar tanto a los miembros del jurado en la Mostra de Venecia como a “sospechosos habituales” de no ir al cine, me parece relevante destacar que “Joker” se estrena en un contexto propicio para el género de superhéroes (siendo nuestro protagonista el antihéroe de un defensor de la ley que en realidad no tiene capacidades sobrenaturales) y para el retrato y exploración de personajes de dudosa moral (Walter White en Breaking Bad, Tony Soprano, Pablo Escobar, etc…), lo cual podría explicar que los ejecutivos de Warner lo anotaran como Fortaleza (sí, con mayúscula) en su análisis DAFO a la hora de analizar la coyuntura reinante. En este particular “Joker begins“, Phillips (director que, quizás por su conexión con la comedia, pudo encontrar paradójicamente la clave de esta historia) narra el descenso a los infiernos/locura de un inadaptado social quien, tras ver que es incapaz de encajar en el sistema que le margina y le etiqueta como loco, se acepta a sí mismo y se rebela contra el poder establecido. Dicho así parece muy sencillo pero… ¿qué pasos sigue la historia?

En primer lugar (ACTO I de guión) se nos presenta tanto al personaje (llamado realmente Arthur) como los diferentes hilos narrativos que seguiremos a lo largo del relato. En este punto queda patente que Phillips tiene clara la historia que quiere desarrollar al mostrarnos a un pobre hombre, vestido de payaso (símbolo universal de la risa hasta que llegó “It“) y forzándose a esbozar una sonrisa con sus propias manos: la “dictadura de la felicidad” (y buena culpa de ello la tienen las tazas de Mr. Wonderful) le obliga a estar contento cuando en realidad es un triste paria al cual le cae una lágrima por el rostro. En las siguientes escenas ya iremos conociendo quién es su madre, cuál es su conflicto externo (mobbing en el trabajo, paliza en las calles, etc…), cómo conoce a su (aparente) novia (para empezar en un ascensor, como si fuese Ryan Gosling en “Drive“)… Lo complicado de todo esto es que estamos viendo un problema interno (drama/trauma del personaje) a través de sus acciones externas, lo cual es muy difícil de expresar con éxito en el cine y que es por tanto de agradecer. En otras palabras, no estamos mostrando que Indiana Jones tiene que recuperar el Arca de la Alianza (conflicto externo), sino que la película pivota alrededor de las emociones de un personaje.

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Resumen del conflicto en una sola imagen

Llegados a este punto… ¿a quién nos suena este “Joker“?

Tampoco es necesario ser excesivamente malos, pero el Travis Bickle de “Taxi Driver” (qué coincidencia que De Niro también esté en este film) responde a un esquema muy similar: con un “backstory” diferente (veterano de Vietnam, aunque solamente sugerido) pero igualmente traumático, Travis también es un inadaptado que quiere insertarse dentro de una sociedad que le da la espalda para dejar de sufrir. En definitiva, tanto el personaje de Phoenix como el de De Niro (en la cinta de Scorsese) quieren ser normales: tener novia, amigos, un trabajo, etc… Sin embargo, cuando parece que pueden conseguirlo (De Niro llega a tener una cita con la mismísima Cybill Shepard / Arthur empieza a salir con su vecina), todo se va al traste (Travis no tiene mejor idea que llevarla a un cine porno / todo era una ensoñación de “Joker”). La razón es que, aunque parezcan necesitar llevar una existencia estándar, no pueden. Su verdadero objetivo en la vida (y por tanto en la historia, que solo tenemos dos horas para contarla) es aceptarse tal y como son: celebrar su inadaptación (y ya de paso su locura, que va en el mismo pack).

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Travis y Arthur, Arthur y Travis

No obstante, todo tiene un camino y la auto-aceptación implica un proceso (no hace falta más que mirarnos cada uno de nosotros al espejo, aunque espero que no como De Niro y su “Are you talkin’ to me“). Llega un momento en el que nuestro protagonista tiene que cruzar la línea y pasar del “mundo ordinario” (es decir, su vida cotidiana) al “extraordinario” (el principio de su nueva rutina). En el caso de “Joker“, éste se da en el momento en el que, amenazado, se atreve a matar a los tres acosadores del metro. Dejando aquí “Taxi Driver” al margen, la comparación se podría establecer con el citado Walter White en el momento en el que asesina en el sótano a su primera víctima (empieza el punto de “no retorno”) o con un Michael Corleone matando, también en respuesta a una amenaza (contra su padre), en la famosa escena del restaurante. Parece que a los estadounidenses les gusta el homicidio como forma para empezar a replantearse las cosas. Las comparaciones con “Breaking bad” o con “El padrino” no son casuales, ya que los protagonistas, excepto la locura del Joker, comparten bastantes cosas: ¿no es Walter un “genio no reconocido de la química” que, en el momento de enfrentarse a su muerte, decide reivindicarse ante los demás? Por su parte, Michael nace “mafioso” (que en el caso de Joaquin Phoenix sustituiríamos el término por “demente”), que intenta no aceptar su verdadero destino (hasta se alista en el Ejército para reivindicarse) y que sin embargo termina sustituyendo a su padre y montando “un bautizo” (real y metafórico) en el que quita a todos sus enemigos de en medio.

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Momentos en los que Arthur y Michael “cruzan la línea”

A partir de aquí se abre el II ACTO del guión, es decir, el desarrollo de la trama. Como es lógico, nuestro protagonista no va felizmente a aceptar su condición y entregarse a su verdadera naturaleza, ya que los espectadores demandan conflicto y la historia requiere reflexión (¿me inserto en el sistema o me dejo llevar completamente?). El devenir de los acontecimientos (conocimiento de su verdadera identidad en el caso de Joker o asesinatos varios en el caso de Michael Corleone, lo cual no deja de ser una forma de contar lo primero) llevan la historia hasta el III ACTO, o momento en el que comienza a cerrarse el relato: tras matar a uno de sus principales abusones a “tijeretazo limpio”, Arthur se pinta la cara y se presenta en sociedad como “Joker”. El Travis de “Taxi Driver” hace lo propio y se rapa “a lo mohicano”, que para gustos los colores. Para completar esta transformación, Phillips plantea una escena en la que Arthur, huyendo de los dos policías que le quieren incriminar, se pone una careta de payaso para que no reconozcan su rostro. ¿Qué ocurre cuando se la quita? Que sigue teniendo el rostro de la careta: ya se ha convertido en el símbolo que ha ayudado a crear (incluso aquí podría escribirse otro post acerca de las similitudes entre dos antihéroes con máscara como Joker y V de Vendetta).

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Distintas “revoluciones del pueblo”

A partir de aquí, la revolución se desarrolla en mayúsculas (mientras que en Taxi Driver Scorsese planteaba un desenlace más “íntimo” centrado en el prostíbulo de Harvey Keitel, aunque con el intento de asesinato del político planeando en el aire). Llegados a este punto, una de las cosas que más quórum han generado es la perturbadora y personalísima interpretación de Joaquin Phoenix (¿estaremos ante la segunda vez en la historia en el que un mismo personaje, en este caso Joker, sirve para que dos intérpretes diferentes se lleven un Oscar como ocurrió como con Brando y De Niro en el caso de Vito Corleone?). El actor portorriqueño, que lleva más de 20 años en la primera línea, suma un rol más a su categoría particular de esenciales, lo cual contamina inevitablemente cualquier otro comentario sobre el film. Si conseguimos aislarnos del “efecto Phoenix”, nos queda ese “viaje del (anti)héroe” que acabo de analizar y que tantos referentes parece tener (lo cuál no sé hasta que punto es bueno). Llevándolo al nivel más esencial, Phillips parafrasea el aforismo griego de “conócete a ti mismo” para construir el origen de un personaje que, en el momento en el que acepta su naturaleza, es indestructible sin necesidad de tener superpoderes.

En este punto es inevitable trazar otro “punto de aproximación” con “El club de la lucha“, el film de Fincher en el que, con un planteamiento más original (en mi opinión), también hablaba sobre un “outsider” que, en el momento en el que se da cuenta de que el mensaje de “choose a life” que resonaba desde Trainspotting no es el camino a seguir, desdobla su personalidad en dos (Edward Norton vs. Brad Pitt) para (y esta es la gran diferencia con Joker) intentar solucionar el potencial destrozo de la ciudad en el III ACTO y mandar a Brad Pitt (es decir, su locura) a paseo con esa frase final (“me has conocido en un momento muy extraño de mi vida”) que daba al traste con todo el viaje anterior del personaje. En vez de seguir engordando la lista de películas en las que los protagonistas se hacen más fuertes a partir de aceptar lo que son (Full Monty o Billy Elliot) me interesa cerrar este análisis volviendo a citar “Drive” y viendo que, al igual que le pasa a Joker en el film que nos ocupa, Ryan Gosling no puede escapar de su verdadera naturaleza (“es el escorpión y no una persona preparada para tener una relación con Carey Mulligan) en aquel film de Winding Refn.

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En definitiva, una película multirreferencial que se beneficia de una interpretación central que, en vez de sepultar al film, lo hace más potente frente a todos aquellos que ya conocíamos de qué era capaz el personaje una vez inmerso en su locura. Aunque personalmente no me ha parecido tan excelsa como otros mantienen (aceptando obviamente todos los aciertos aquí reseñados) me resulta curiosos imaginar qué se pedirían Joker, Travis Bickle o Tyler Durden (El club de la lucha) en un terraza tras su particular paseo por Grecia. Espero que no se metan demasiado en el laberinto.

 

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“El reino”, la historia de Walter White si hubiera sido español

Aproximadamente un año después de su estreno en salas, volví a ver “El reino” junto a mi hermano. Constaté con agrado que la cinta de Sorogoyen sigue conservando el impacto de entonces (fruto de un excelente trabajo, en mi opinión) y que, de no haber sido porque Walter White es estadounidense y reside en Albuquerque, el protagonista de “Breaking bad” podría haber sido el Manuel López-Vidal interpretado por Antonio de la Torre en la cinta que nos ocupa [para los datistas, decir que hay un Alburquerque, con una “erre” tras “Albu”, en Extremadura].

Si el cine clásico (made in Hollywood) y el “código Hays” (en otros países teníamos directamente algo llamado censura) nos acostumbró a que el villano más retorcido tenía que acabar pagando por sus pecados (por mucho que fuese nuestro protagonista, ya sea Tony Camonte en la “Scarface” de 1932 o el magnético personaje de James Cagney en “Al rojo vivo”), el cine contemporáneo parece querer indagar en las motivaciones maquiavélicas de una serie de individuos que se bajan del carro del blanco y el negro y empiezan a tener matices.

“Breaking bad” es un ejemplo, pero si echamos la vista atrás nos daremos cuenta de que podemos empezar con alguien tan controvertido como Michael Corleone, seguir con Tony Soprano y convertir a alguien como el Joker en protagonista de su propio show. En el caso de “El reino”, el propósito de Sorogoyen (e Isabel Peña, su colaboradora habitual en el guión) parece ser el denunciar un tema tan mediático y preocupante como es la corrupción en España (al CIS me remito). Metidos en materia, la forma de contar el relato podría haber adoptado muchos puntos de vista diferentes, siendo la opción fácil el protagonista íntegro cuyo objetivo no deja de ser otro que lo que denunciamos: acabar con los infractores de la ley. Sin embargo, lo interesante del punto de partida resulta la elección de nuestro particular “héroe” (llamado así en tanto que es quien va a vehicular el “viaje” de la película del que tanto hablan los manuales de guión), un político igual de culpable que sus compañeros de partido y, que para más “inri”, no se arrepiente. Si el papel de López-Vidal (Antonio de la Torre) juega con las cartas boca arriba desde el principio del metraje (por mucho que se justifique de palabra diciendo que “roba para darle a su familia una vida mejor, para sobrevivir”, ansiolítico que supongo que se toman desde el citado White/Heisenberg hasta un anciano Clint Eastwood en “Mula” para poder dormir por las noches) mostrando que “el fin que justifica sus medios” es el orgullo personal… ¿por qué nos interesa lo que le pasa? ¿Por qué queremos que salga del apartamento de Andorra con los papeles o que no sea el único encarcelado dentro de la trama?

Porque, le pese a quien le pese, somos parte del sistema (no lo voy a poner en mayúsculas por si alguien se asusta), y, aunque nuestras motivaciones como espectador/a no sean las mismas que las de López-Vidal (interés por que se haga justicia vs. venganza personal contra mis compañeros de partido por dejarme caer), sí que compartimos el fin: que los verdaderos culpables (esa mano invisible que en el póster de “El padrino” aparece manejando una marioneta) sean al fin descubiertos y podamos cambiar nuestra sociedad a mejor. El personaje de Antonio de la Torre no deja de ser un “pobre hombre” que, pese a obrar mal, no “pincha ni corta” en “la foto general de familia”. Justamente en este punto es donde pasamos del mensaje explícito del film (una Bárbara Lennie prácticamente en “eje” nos lo deja bien claro al final) a un contenido situado más bien el subtexto: si películas como “El reino” existen (o programas como el de Ana Pastor, líderes como Pablo Iglesias, etc…) es porque el sistema necesita que existan, y son los propios “poderes en la sombra” los que limitan la capacidad de acción de estos elementos que se cuestionan el “statu quo”. El propio Antonio de la Torre lo dice antes del discurso de Lennie: si de verdad resultasen una amenaza para el sistema establecido, no llegaría a la categoría “mainstream” en la que se encuentran. Son instrumentos para que el ciudadano/a medio/a (como servidor) pensemos que alguien vela por nuestros intereses y que es posible cambiar las tornas.

Volviendo a temas más “fílmicos”, me gustaría (y a partir de aquí SPOILER) analizar el planteamiento de dirección de la última secuencia, el “cara a cara” entre De la Torre y Lennie, puntal (para mi un poco excesivo por lo explícito) de lo que nos llevan contando desde el minuto 1 (denuncia no sólo de un partido político que, al no tener nombre, se extiende magistralmente a todos pese a que es muy fácil jugar al “quién es quién real”, sino de una sociedad corrupta en la que “el hijo del vecino” tampoco devuelve los cambios cuando el del bar se equivoca):

La secuencia se abre (tras el tanteo previo en los camerinos y la salida a escena de Antonio de la Torre como si fuera Jake La Motta en el Garden) con un plano general /entero de los dos personajes (y sus correspondientes planos medios-cortos): De la Torre, político corrupto, y Lennie, presentadora auto denominada “voz del pueblo”, se dan cita en el escenario más mediático con el que podía terminar el film, la televisión (canal a través del que “el pueblo escucha la voz”). El fondo es el que los espectadores estamos acostumbrados a ver, el del programa.

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Lo que estamos acostumbrados a ver

La situación cambia cuando Sorogoyen se salta el eje y muestra el otro “campo”, el de las tramoyas y el “backstage” (lo que el público no ve), en el momento en el que la conversación cambia de tono y se empiezan a decir cosas que no estamos acostumbrados a escuchar.

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Cuando pasamos al “contracampo” de nuestra visión

A medida que se desarrolla el combate dialéctico (supongo que Sorogoyen seguiría teniendo en la cabeza a La Motta), la imagen se va fragmentando (es decir, se pasa del plano general a los “cortos” de los personajes) y se acaba casi en “eje” (línea de miradas que une a los personajes, lo que hace que Lennie haga su denuncia de la corrupción prácticamente dirigiéndose a la cámara, y por lo tanto al espectador).

Esto es sencillamente tener oficio dentro del cine, lo cual, por añadidura, no viene solo en el momento en el que se hacen bien los deberes: si la idea de dirección es clara, el resto de departamentos reman a favor potenciando lo que se quiere contar y NO hace cada uno la guerra por su cuenta (que es lo que ocurre en la cintas menos trabajadas). En el caso del montaje (que va del “picado” al “vertiginosamente picado”) y la banda sonora (qué mejor acompañamiento que la música ideal para relatar la adicción/drogadicción que supone el círculo vicioso de la corrupción) le van como anillo al dedo a este retrato particular de la podredumbre moral que, como Scorsese a mitad de Goodfellas, se abre aquí con un plano secuencia que nos dice básicamente lo mismo: esto va sobre “un tío (en realidad muchos), que, entrando por la cocina/trastero se acaban sentando a la mesa a comer gambas con los peces gordos”… hasta que te pillan.

En definitiva, una lección de cine magistral, necesaria y con un protagonista que podría tomarse un “cortado” con Walter White en la Malvarrosa. Ojalá la haya visto Scorsese.

Proletarios del mundo, uníos


[ATENCIÓN SPOILERS]

Aunque iniciar un texto con una cita histórica pueda resultar contraproducente por pretencioso (o justamente todo lo contrario), recordar la afirmación de Leibniz de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles” es un buen punto de partida para reflexionar acerca de cómo y con qué tono hablan las películas recientes sobre la sociedad actual y las conexiones que se establecen entre los discursos de varias producciones reconocidas. Personalmente creo que, a la hora de establecer (la palabra ya es categórica) un pensamiento sobre un tema, se peca tanto de arrogancia como, especialmente, de un “olvido” interesado de factores colaterales y ejemplos contrarios a lo que querríamos demostrar dependiendo de dónde pongamos la lupa. Sin embargo, me gustaría aclarar que este repaso de la imagen que el cine reciente (así, a salto de mata) realiza sobre el mundo en el que vivimos es sólo una opinión personal más y una visión particular sin ánimo de conducir a inferencias absolutas.

En primer lugar, cabe decir que la función del cine puede resultar amplísima, desde el quórum general que defiende su papel comercial como “entretenimiento de masas” hasta una visión más “gafapasta” que, en base a su condición de “arte” (la séptima nada menos), rompe una lanza a favor de una contemplación activa y reflexiva sobre lo que estamos viendo, ya que lo que se nos está ofreciendo no es baladí, sino que se presupone que una mente (colectiva) pensante ha decidido todos y cada uno de los elementos que aparecen en pantalla. En mi opinión, no considero que una excluya a la otra, siendo totalmente lícita la intención con la que se vaya a ver cine, siempre que se vea.

Al igual que no se puede negar que “el séptimo arte” no sería tal sin los dividendos de la taquilla (y actualmente de todas las plataformas on demand y derivados), considero que, aunque el nivel de   reflexión se mueva en un espectro entre el grado “mas simple que un botijo” y lo trascendental, toda película tiene un mensaje (que es lo mismo que decir “una razón de ser”, más allá de su estrategia comercial). Las producciones son inversiones tan costosas que el rodar un solo plano o no rodarlo ya es una decisión revisada y pensada por más personas de las que nos gustaría ser conscientes. En consecuencia, estas decisiones implican una “dirección” (y de ahí el papel del director/a como guía de la ruta que hay que seguir hasta la meta/mensaje), siempre que se hayan hecho bien las cosas. No se toma una dirección sin tener claro qué es lo que quiero contar, y si la elección que hago va a ayudar a ello o no (principalmente porque esas decisiones valen su peso en oro, literalmente). En última instancia, el apostar por un mensaje implica, voluntaria o involuntariamente,  que el autor “muestre sus cartas” y revele su ideología sobre un tema determinado.

En los últimos años, hemos sido testigos del estreno de una gran cantidad de películas que muestran el “statu quo” del mundo: por un lado están los desfavorecidos, por otro los aprovechados. Atendiendo a las diferentes tesis que se desprenden de la mayoría de ellas, podemos calificar esta organización mundial como “injusta” cuanto menos: todas las personas se encuentran regidas por un conjunto de normas que, siguiendo la derrotista tónica de la desigualdad, tienden a favorecer y perpetuar la situación de los segundos. Esto lleva a plantearse hasta qué punto tienen sentido este conjunto de leyes y reglas, con el reverso tenebroso de que la “violencia”, en caso de utilizarse como vía de cambio, “acaba generando más violencia”. El anverso “luminoso”, en cambio, suele apostar por un “happy end” reconfortante (más todavía si la película es “made in USA”). Aunque la injusticia sea un cuento más viejo que la propia narrativa, los acontecimientos históricos de los últimos años parecen haber reavivado esta tendencia (crisis económica del 2008, recesión, austeridad, medidas coercitivas en la zona euro, llamadas a recuperar [o conseguir] la soberanía nacional en territorios como el escocés, el catalán o el británico con respecto a la UE, las guerras “económicas y geopolíticas” en Oriente Medio, etc…)

Obviamente este terreno es prácticamente inabarcable, por lo que he decidido basar mi reflexión en una lista personal de cintas que he podido ver durante los últimos meses, la mayoría de marcado éxito crítico (y algunas de público):

La naturaleza de la desigualdad puede atender, a tenor de las películas que tratan la materia, a causas económicas, pero también sociales, políticas o de género. Dentro de las diferentes tipologías, hay producciones que rebuscan en las causas, normalmente no de “una injusticia con mayúsculas”, sino de cuestiones más concretas sobre las que establecer un comienzo y un posible final, como el premiado documental Inside job sobre la crisis del 2008. Otras describen los síntomas, con una voluntad del tipo “observad desde la butaca cómo funcionan ciertas partes del mundo” (Cafarnaúm en lo económico o La noche de 12 años en lo político/histórico podrían ser ejemplos). También encontramos películas que pasan a analizar directamente las reacciones ante la injusticia, las cuales suelen ser violentas (y también puestas en tela de juicio, incluso en experimentos tan chocantes como La casa de Jack de Lars Von Trier, quien manda a su ¿alter ego? al infierno al ritmo del “come back no more” de Hit the road Jack). Sin embargo, he decidido realizar el presente repaso basándome en la condición de los personajes, que para algo son nuestros “guías” dentro de la trama, aquella o aquellas personas (o animal o cosa, según la maestría del autor) a las que seguimos durante la película y que nos enseña el “mundo de la ficción” (salvo en “excepciones narrativas especiales”, por si alguien se pone exquisito). ¿Qué quiere decir esto exactamente? Que ordenaré mi discurso en base a si la película trata sobre el “aprovechado” o sobre “oprimido” y, posteriormente, ver qué mensaje / tesis / solución nos plantea el film.

  1. Proletarios del mundo, uníos

El propio Rodrigo Sorogoyen, autor de El reino, la cual figurará en el apartado de “los aprovechados del sistema”, declaró al recoger el Goya a mejor director de este año que “Isaki Lacuesta había filmado la obra más rotunda de este curso”. Se refería a Entre dos aguas, segunda parte de La leyenda del tiempo, film candidato a los galardones a lo mejor del cine español y ganador de la Concha de Oro en San Sebastián. Esta película cuenta la hiperrealista historia de Israel y Cheíto, dos hermanos andaluces que regresan a la isla de San Fernando, uno tras salir de la cárcel y el segundo al terminar una misión de la Marina. El panorama no puede ser más desolador: falta de recursos, un Estado que no da abasto para tratar cada uno de estos casos (significativa por irónica es la escena en la que Cheíto escucha el himno de España junto a sus compañeros de la Marina en la cubierta de un barco) y una desestructuración familiar que se perpetúa. ¿Cómo termina Lacuesta su mirada particular sobre este microcosmos? Fragmentando el plano nos muestra a Isra observando a sus tres hijas, las cuales juegan despreocupadas en una orilla.

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La mirada fragmentada de “Isra”…
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… y sus hijas (Entre dos aguas).

Al igual que el film sueco The square, ganador de la Palma de Oro hace dos años, la inocencia y la infancia son los protagonistas del mensaje final. En el caso de la cinta nórdica, la cual reflexionaba acerca de la insolidaridad humana hacia nuestros iguales (de nuevo la injusticia), Christian, el personaje principal, se decide finalmente a “cruzar la valla” y pedir perdón a un inocente al que acusa de haberle perturbado la existencia. Lo que ocurre es que es demasiado tarde, y cuando se presenta en el lugar ya no existe la persona ante la que disculparse. En la secuencia final en el coche, Christian mira hacia atrás, observando (también con el plano fragmentando) cómo sus hijas están sentadas sin ningún tipo de preocupación. Es un mensaje de “doble filo”, al igual que el plano de Isra en Entre dos aguas: es una pregunta acerca del mundo que les dejamos a nuestros hijos, y un canto a la esperanza para que ellos, que aún “no están contaminados”, no cometan nuestros errores.

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“El cuadrado es un santuario de confianza y afecto, dentro de sus límites todos tenemos los mismos derechos y obligaciones” (The square)

Justamente de niños e inocencia versan asimismo las siguientes películas:

En primer lugar cabe hablar de Lazzaro feliz, una cinta italiana sobre “los desheredados” contada en forma de fábula. Alice Rohrwacher, directora del film, declaraba al hilo del estreno que había crecido “sin saber que había desigualdad en el mundo”, porque sus padres le habían hecho creer que “los hombres y las mujeres son iguales”, pero no es así, sino que la desigualdad existe, “es milenaria” y “es necesario denunciarla”. Por otro lado, la ya mencionada Cafarnaúm es una película libanesa sobre la vida de un chico huido de casa en lo más sórdido de Beirut, la París de Oriente. Nadine Labaki, autora de la cinta (dejo a la libertad del lector el reflexionar si es casual que sean justamente dos mujeres cineastas las que hayan contado estas historias), declaraba que “el mundo no va por buen camino, y los más perjudicados son los niños, que al fin y al cabo son el futuro de nuestra sociedad”.  En un artículo sobre su estreno, publicado en El cine en La Ser (13/02/2019), Pepa Bueno cita a Román Gubern y su obra Historia del cine para recordar que “las películas sirven como barómetro de las preocupaciones colectivas”, a la vez que nos recuerda que, pese a todo, cuando el cine “se fija en la marginalidad social” es “generalmente un relato burgués, que mira desde fuera esa marginalidad”, lo cual también entronca con el contexto de Rohrwacher o Lacuesta. Lógicamente el cine es un “juguete muy caro” y en la mayoría de los casos los autores del discurso no viven la situación que denuncian, pero hay que tener asimismo este hecho en cuenta desde el punto de vista de la ideología (que se lo digan sino a Cuarón y las “críticas” que censuraban su legitimidad como burgués para adoptar el punto de vista de su/una criada en Roma).

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Los “desheredados” en contrapicado y la antigua aristocracia filmada en un picado. Así defiende Rohrwacher el honor de los primeros en “Lazzaro feliz”

Mientras que la película de Rohrwacher termina con una secuencia marcadamente amarga (Lazzaro, o lo que es lo mismo, el personaje que encarna la “inocencia” con todas sus letras, desde el nombre hasta el físico pasando por sus acciones, es asesinado en un banco en una especie de alegoría de que “el hombre es un lobo para el hombre”), Cafarnaúm deja entrever un posible futuro para un chico que, tras denunciar en los juzgados a sus padres por traerle al mundo (otras cosas no, pero la confianza en el sistema judicial parece ser férrea en el Líbano a tenor de los films de esta nacionalidad que nos han llegado últimamente, como El insulto), adquiere por primera vez una “identidad” (y una sonrisa). Parece ser que el tratar con niños y tramas de este tipo “invita” a que el mensaje no sea tan (o abiertamente) descarnado, como también podíamos ver en The Florida project. En esta producción estadounidense, una madre (y un “padrino”, interpretado por Willem Dafoe) crean un mundo alejado de la realidad para evitar que la sórdida verdad afecte a un grupo de niños que viven y juegan en un decadente motel de Orlando. Este escenario es testigo de la prostitución de la madre protagonista o de los problemas económicos de las familias desestructuradas que en él habitan, pero justamente lo extraordinario de la narración es que nos convirtamos en un niño más durante el visionado… hasta que es inevitable. La metáfora visual de “el árbol que crece torcido” es un punto de genialidad más en una trama en la que los pequeños protagonistas acaban huyendo de su mundo hacia Disneyland, el lugar de los sueños (qué bien escogida la ciudad de Florida como ejemplo de la cara luminosa y la cruz oscura que conviven en un mismo lugar). Durísimo pero “poético” final, que vuelve a preguntarse, igual que The square o Lacuesta, qué pasará con los adultos del mañana.

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¿Sabes por qué es mi árbol favorito?

En una línea “más nórdica”, Andrei Zvyagintsev nos muestra un mundo carente de sentimientos en Sin amor, cinta rusa nominada al Oscar hace dos años que narra la desaparición de un niño en medio de la separación (y el ninguno) de sus padres. Tras el drama que supone la infructuosa búsqueda, el director termina el relato mostrando unos personajes que no han avanzado, que no han aprendido a amar (sólo a ellos mismos), productos de una sociedad que se mira el ombligo y el smartphone mientras de fondo hablan en los telediarios de la guerra de Ucrania (el niño jugando con la típica cinta con la que la policía precinta escenarios criminales antes de su desaparición es otro de esos toques geniales como el mencionado en The Florida project).

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El niño y la cinta. Resumen visual de lo que pasará en la trama.

Si la inocencia (y los niños en su representación) resulta un filón interesante para tratar la injusticia, tampoco podemos pasar por alto otro colectivo que también conoce bien el anverso y el reverso de la sociedad: los inmigrantes. Movimientos de personas por conflictos bélicos, hambrunas o pobreza en general se han producido y han sido contados por el cine desde antiguo (incluyendo casos tan “idealizados” como el de Vito Andolini en El Padrino II), pero en un mundo plagado de Salvinis, Orbans o Le Pens la pantalla nos lo vuelve a recordar. Personalmente considero que Kaurismäki se merece el aplauso con El otro lado de la esperanza, la visión del cineasta finlandés acerca de los refugiados sirios. La película nos muestra a Khlalid, un inmigrante ilegal que llega a Helsinki en busca de asilo al tiempo que trata de encontrar a su hermana, Miriam. Tras ser rechazado por las autoridades, encuentra refugio en un restaurante pintoresco de la capital (“siempre hay gente buena, el problema es que también la hay mala”, parece decirnos Kaurismäki). Finalmente se reencuentra con Miriam (quien parece haber sufrido abusos en su periplo hasta el país nórdico), aunque los días de Khaled terminarán tras ser atacado por un racista y morir acuchillado en la calle. Es un desenlace ficticio que lamentablemente podría ocurrir en la realidad, a tenor de lo sucedido en Noruega en 2011 con Anders Breivik y su asesinato masivo en la isla de Utoya (contado por el film homónimo actualmente en cartelera y por Greengrass en 22 de julio). Son ejemplos de que incluso en las sociedades “más perfectas” se pueden perpetuar injusticias de la peor naturaleza (el feminismo ocupará asimismo una publicación independiente, pero recordemos que en otro de los vecinos escandinavos, Suecia, se escribió “El hombre que no amaba a las mujeres”, novela de Stieg Larsson que ponía la atención en temas como el machismo o el auge de la extrema derecha en “el paraíso”).

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El otro lado de la esperanza

Con tintes más sobrenaturales también hablaba de inmigración Jupiter’s moon, producción húngara (significativo el país justamente por las ideas del Gobierno electo) ganadora en Sitges hace dos años. Con una historia que comienza mostrando el bloqueo político y migratorio existente en la frontera entre Serbia y Hungría, el director Kornél Mundruczó narra la transmutación de un refugiado sirio en una suerte de superhéroe que acaba sobrevolando los tejados de Budapest (“los últimos serán los primeros”).

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Efectiva huida de la policía en Jupiter’s moon

Como último ejemplo de un capítulo que podría alargarse hasta la saciedad, cabe citar la aproximación de un veterano como Haneke al tema en Happy end. El realizador centroeuropeo narra el desmoronamiento de una familia burguesa a partir de otro desmoronamiento físico (el del muro de una de las obras que controlan), con el telón de fondo de los refugiados (la relación entre la “selva de Calais” y ese muro no es casual). La cinta termina con una boda en la que un miembro de la familia permite entrar a un grupo de africanos (lo que deja en shock al resto, como la escena del mono en The square) y el veterano del clan familiar le pide a la pequeña de la familia (otra vez la pérdida de la inocencia) que le ayude a morir. Un “happy end” en toda regla.

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Plano…
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….contraplano (Happy end)


En posts sucesivos trataré la otra cara de la injustici
a (por mucho que en alguna de estas películas ya se haya apuntado al mostrar las diferentes perspectivas de la sociedad), especialmente desde instancias gubernamentales que asustarían al mismísimo Kafka y que, entre otras cosas, se sirven de la mentira para tapar sucesos (¿y provocarlos?) como Chernobyl. En esta serie de HBO se hablaba de cuál es el precio de la mentira, pero… ¿cuál es el coste de la injusticia?

SAN SEBASTIÁN, una ciudad de CINE

Este año el Festival de cine de San Sebastián (Donostiako Zinemaldia), uno de los más importantes del mundo, cumple su 60º edición. Un aniversario tan especial era merecedor de un análisis a la altura. Comencemos:

60º Edición del Festival de Cine de San Sebastián

Dicho evento cinematográfico nació el 21 de septiembre de 1953 por iniciativa de unos comerciantes locales que pretendían alargar la temporada estival hasta finales de septiembre. Tomando como ejemplo los festivales de Venecia (el primero en crearse, concretamente en 1932), Cannes y Berlín, no se les ocurrió mejor idea que la de crear una “Semana Internacional del Cine”. Poco a poco fue ganado en popularidad hasta alcanzar la calificación “B” otorgada por la Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Films (FIAPF) ya en su segunda edición. Sólo un año después, en 1955, recibió la calificación de festival competitivo, pudiendo otorgar premios (el primero fue entregado a la cinta italiana “Giorni D’Amore” de Giuseppe de Santis). De esta forma nació el premio a la mejor película o actual Concha de Oro (que entonces era de Plata). En 1957 el festival donostiarra recibió por fin la calificación “A” (la máxima que puede otorgar la FIAPF, pasando a ser su máximo galardón de plata a oro).  Así, la primera ganadora oficial fue “La nonna sabella” de Dino Risi (Italia). Sin embargo, el festival de Donostia no siempre ha conseguido mantener este estatus, perdiendo varias veces la calificación, especialmente en 1980, momento en el que su imagen comenzaba a deteriorarse entre los habitantes de la ciudad.

El cartel de la edición 49º del festival. Un homenaje a “Centauros del desierto”

Durante las primeras ediciones del festival, el gran problema que tuvieron que sortear los organizadores fue el de la elección de las películas que irían a concurso. Al ser un evento de clase “A”, en San Sebastián no podían visionarse films ya estrenados en los festivales anteriores (Berlín, Cannes y Venecia), de ahí que sufriera constantes altibajos. Dicho conflicto se ha mantenido hasta nuestros días. De hecho, la competencia del resto de festivales fue una de las causas del declive de San Sebastián en los 80’s. Aunque los donostiarras recuperaron su “estrella perdida” en 1985, y parece ser que de forma definitiva (aún con todo la FIAPF ha anunciado cambios a la hora de calificar los festivales), le seguía faltando algo a esa “antigua fiesta del cine”. La muerte de Franco, uno de los grandes interesados en que Donostia tuviese un festival de renombre, fue otra de las causas que explican su citado declive. El público demandaba un festival más popular y menos elitista, además de reclamar una mayor demanda de estrellas. Aunque las películas proyectadas poseían una gran calidad, el hecho de no haber apenas artistas famosos le restaba cierta importancia a San Sebastiáncomo foco cinematográfico.

Un joven Travolta admira la playa de la Concha

Una de las ideas que se propusieron para voltear la situación fue la construcción de un cine de verano en la playa de Ondarreta, únicamente durante la duración del festival. Tras el gran éxito recibido, los organizadores se empeñaron en construir una sala gigante en el velódromo de Anoeta con un aforo para más de 8000 espectadores. El resultado tuvo una acogida increíble. En 1986, para rizar el rizo, se proyectó un maratón cinematográfico en dicho lugar, con la presencia de artistas de la talla de Oliver Stone. De esta forma se consagró el velódromo. El ambiente era tan increíble que hasta Danny Boyle se quedó de piedra al presentar su film “Trainspotting”. Hoy en día la visita al velódromo es obligada si se acude al festival, especialmente el día de la clausura.

“El peine del viento”, imagen emblemática de la ciudad

La falta de estrellas se solventó de la mejor manera posible: los organizadores decidieron crear un nuevo galardón que premiaría la aportación al cine de todo artista que se lo mereciera. Así nació el premio Donostia. El primero en recibirlo fue Gregory Peck en 1986, aunque tardó en aceptarlo. Peck, muy celoso de su “estrellato”, se informó de los anteriores ganadores de la estatuilla (ninguno, obviamente) para sopesar si el premio valía la pena o no. Tras Peck, el galardón fue a parar a manos de Glenn Ford, Vittorio Gassman y Bette Davies. Davies, con 81 años a sus espaldas, apareció fumando en el escenario del Teatro Victoria Eugenia como si de una adolescente se tratara. Murió 15 días después. Este hecho hizo que comenzase a correr el rumor de que el premio Donostia estaba maldito. Los organizadores, tras otorgárselo posteriormente a Claudette Colbert, Anthony Perkins, Lauren Bacall y Robert Mitchum (personas de una edad muy avanzada y que no tardaron en fallecer), decidieron reconocer la carrera de artistas consagrados pero más jóvenes. Susan Sarandon fue la elegida para “representar” el cambio. En su discurso de agradecimiento llegó a bromear sobre el tema.

Glenn Close con su particular premio Donostia

Al Pacino, Michael Douglas, Jeremy Irons, Jeanne Moreau, Anthony Hopkins, John Malkovich, Fernando Fernán-Gómez, Vanessa Redgrave, Anjelica Huston, Michael Caine, Robert De Niro, Francisco Rabal, Warren Beatty, Julie Andrews, Jessica Lange, Bob Hoskins, Dennis Hopper, Isabelle Huppert, Sean Penn, Robert Duvall, Woody Allen, Annette Bening, Jeff Bridges, Ben Gazzara, Willem Dafoe, Max Von Sydow, Matt Dillon, Richard Gere, Liv Ullman, Meryl Streep, Antonio Banderas, Ian McKellen, Julia Roberts, Glenn Close y, ya en 2012, Oliver Stone, Travolta, Ewan McGregor, Tommy Lee Jones y Dustin Hoffman, han sido algunos otros galardonados. Algunos de ellos, como De Niro, fueron difíciles de convencer, y otros como Jessica Lange tuvieron que esperar varios años para poder levantar el premio Donostia. ¿La razón? La celebración del festival coincidía con la entrada al colegio de los hijos de Lange, algo que no estaba dispuesta a perderse. Los organizadores tuvieron que aguardar a que crecieran.

Bette Davis recibiendo el premio Donostia con 81 años en una de las imágenes más recordadas del festival

Films como “Vértigo”, “Los vikingos”, “Con la muerte en los talones”, “Star Wars”, “El honor de los Prizzi”, “Tiburón”, “El resplandor”, “Alien” o “Muerte entre las flores” han sido estrenados en el festival, lo que nos puede dar una idea de su magnitud. Los productores de las películas escogen de entre los festivales más importantes aquel en el que esperan lograr una mayor repercusión, y San Sebastián, afortunadamente, suele recibir una buena cosecha de cintas.  La elección también depende del estilo imperante en cada uno de ellos. Donostia, con un espíritu innovador, de vanguardia, suele atraer a producciones interesantes. Cineastas como Pedro Almodóvar, con la cinta “Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón”, o Francis Ford Coppola, con “Llueve mi corazón” (Concha de Oro), han sido descubiertos al mundo en la capital guipuzcoana.

Coppola recibiendo su primera Concha de Oro

Eso sí, también se han producido fallos flagrantes en el palmarés de varias ediciones. En 1958, por ejemplo, la polaca “Eva quiere dormir”, hoy olvidada, se alzó con la Concha, mientras que “Vértigo”, de Hitchcock, se fue de vacío. En 1959 “Historia de una monja” de Fred Zinnemann dejó en la cuneta a “Con la muerte en los talones”, mientras que en 1963 la italiana “Mafioso” pasó por encima de “Días de vino y rosas”, con Jack Lemmon a la cabeza. Son fallos inexplicables, pero que quedan compensados por los numerosos descubrimientos del festival. En 1964 Elia Kazan se proclamó vencedor con su “América, América”, y en 1974 el festival encumbró a la ópera prima de Terrence Malick “Malas tierras”.

Homenaje a Hitchcock en la 53º edición del festival

Sin embargo, el festival no sólo posee la Sección Oficial (en la que compiten 15 películas aproximadamente), si no que está dotado de una programación muy rica. La sección “Nuevos directores”, destinada a la proyección de la primera o la segunda obra de realizadores del todo el mundo, se ha erigido como una de las iniciativas más importantes del festival al haber descubierto a interesantísimos cineastas a lo largo de su historia. Los mencionados Almodóvar o Coppola se ganaron un nombre por primera vez en este festival, además de muchos otros, como Montxo Armendáriz con su ópera prima “Tasio” o Juanma Bajo Ulloa. El jurado de “Nuevos directores”, a diferencia de lo que ocurre en la Sección Oficial, compuesta por artistas consagrados, está formado por especialistas no conocidos.

Cartel promocionando la sección de Zabaltegi

En 1985 se inauguró una nueva sección, Zabaltegi (“lugar abierto” en euskera). Se trata de un gran “cajón de sastre” que incluye diversos espacios. Uno de ellos es el de Nuevas perlas (fuera de concurso pero galardonado con el significativo “Premio del Público”), donde se estrenan films ya vistos en otros festivales o realizados por los miembros del jurado de cada edición (si se da la coincidencia de que ese año han realizado algún trabajo). La cinta que tuvo el honor de inaugurar por primera vez Zabaltegi fue “La rosa púrpura del Cairo” de Woody Allen, y así hasta nuestros días. El brasileño Walter Salles se pasó por San Sebastián para mostrar al público “Estación central de Brasil” en 1988, mientras que el mexicano Alejandro González Iñárritu presentó en el 2006 “Babel”. Zabaltegi, además de combinar con gran acierto el trabajo de cineastas consagrados y noveles, permite una mayor afluencia de caras conocidas, lo que la convierte en la sección más dinámica, alternativa y cercana al público.

Spielberg hablando para la “Cadena SER” en Donostia

Otra de las secciones con mayor número de adeptos es la dedicada a las “Retrospectivas”. Durante los 70’s se presentaba la obra completa del presidente del jurado (Nicholas Ray, Howard Hawks, Fritz Lang,..). Al poco tiempo se decidió mostrar la filmografía de autores no conocidos por el gran público y que actualmente han adquirido el estatus que se merecen (William Wellman, Todd Browning,…). Con motivo de algunas retrospectivas se han visto por el festival  caras tan conocidas como las de Bette Davies, la familia del citado Wellamn (primer director oscarizado de la historia), Imperio Argentina o Mickey Rooney, que desgraciadamente se encontró en  Donostia con Lana Turner, con quien mantuvo litigios amorosos durante su juventud. El festival, con muy buen criterio, se dio cuenta de que aún había mucho que descubrir en el pasado.

El siempre rebelde Sean Penn, galardonado con el premio Donostia

Las retrospectivas, sin embargo, no sólo se centran en el cine clásico, sino que también muestran la obra de autores modernos, en activo, como Bernardo Bertolucci. El realizador italiano ha sido uno de los grandes apoyos de San Sebastián, acudiendo a la ciudad guipuzcoana siempre que ha podido, incluso durante su etapa de declive. De hecho, Bertolucci presentó en el festival un adelanto de “El último emperador” en compensación por haber rechazado en una ocasión ser presidente de la Sección Oficial. Peter Bogdanovich o Terry Gilliam han sido otros de los realizadores que han visto cómo San Sebastián les dedicaba una retrospectiva. Gilliam, de hecho, se presentó en la ciudad vasca encontrándose allí con Johnny Depp y Benicio Del Toro, dos de sus actores fetiche, para sorpresa propia y del público. Kieslowski, quien tuvo que sortear la censura polaca para poder presentar algunos films, también acudió al festival. El primer español en recibir el honor de figurar en una retrospectiva fue Eloy de la Iglesia, aunque su paso por Donostia fue de lo más accidentado.

San Sebastián, un destino muy recomendable

Otra sección del festival es la dedicada al cine sudamericano bajo el nombre de “Horizontes latinos”. San Sebastián siempre se ha considerado, cinematográficamente hablando, un puente entre Europa y América. Esto se debe, en gran parte, a la labor de Luis Buñuel, uno de los más grandes cineastas de nuestro país que tuvo que marchar exiliado a México por culpa del franquismo. El director aragonés ha sido homenajeado varias veces a lo largo de la historia del festival, especialmente en 1977, año en el que recibió una Concha de Oro honorífica (con tamborrada de Calanda, su pueblo natal, incluida). Esta conexión hispana se pone de manifiesto asimismo a la hora de elegir los jurados de cada edición. Mario Vargas Llosa fue presidente del mismo, al igual que Miguel Ángel Asturias (miembro del jurado sólo un año después de recibir el premio Nobel). También cabe remarcar que “Horizontes latinos” contiene la sección “En construcción”, espacio donde se presentan films inacabados en busca de financiación.

Al Pacino acompañado por Pedro Almodóvar en el festival

El resto de secciones presentes en el festival son las siguientes: Culinary Zinema, cine y Gastronomía, Made in Spain (donde se estrena lo más laureado de la producción nacional del último año), Zinemira (espacio en el que se muestran películas producidas en Euskadi, apoyando así la creación cinematográfica en la autonomía), Cine infantil (con proyecciones para los más pequeños en euskera o castellano), Galas TVE, Galas ETB y Gran premio FIPRESCI, sin olvidar los films más populares del mítico velódromo de Anoeta.

Con motivo de la celebración del festival, se organizan en San Sebastián ciertos eventos paralelos al mismo, tales como los “Encuentros Internacionales de Escuelas de Cine” (intercambio de ideas entre estudiantes de cine latinoamericanos y españoles), “The Industry Film” (espacio propicio para cerrar acuerdos de financiación o producción de películas) o las diversas fiestas que se llevan a cabo en el Hotel María Cristina, el Palacio de Ayete o la bahía de la Concha.

 Las sedes del festival son el Kursaal, (donde se presentan los films a concurso, además de celebrarse las galas de inauguración, clausura y entrega de premios), el Teatro Victoria Eugenia (principal sede hasta la apertura del Kursaal en 1999), el Teatro Principal, los Cines Príncipe y el mítico Hotel María Cristina, lugar de descanso para las estrellas.

En definitiva, el Festival de cine de San Sebastián ha sido, es y seguirá siendo uno de los eventos cinematográficos más importantes, no sólo a nivel español sino a una escala internacional. Siendo uno de los únicos 7 festivales europeos y 13 mundiales que conserva la categoría “A” de la FIAPF, su visita es casi obligada para los amantes del séptimo arte, que encontrarán ofertas para todos los gustos. Además, San Sebastián ofrece un entorno idílico que deslumbrará a propios y extraños. Eskerrik asko eta arratsalde on.

#4) STEVE McQUEEN: THE KING OF COOL

McQueen en “Junior Bonner”

El fin de un mito

La carrera y la vida de McQueen se encontraban estancadas por completo. La taquilla y la crítica le daban la espalda en lo cinematográfico mientras su matrimonio se hundía. En ese punto sin aparente retorno aparecieron Barbra Streisand, Sidney Poitier y Paul Newman, quienes le ofrecieron formar una nueva productora, First Artist Productions, una compañía formada por actores al estilo de la United Artist de Chaplin, Griffith y compañía. Además, Steve se embarcó, en calidad de productor ejecutivo, en la financiación de un documental sobre motociclismo, “On any Sunday”, que funcionó bastante bien en las carteleras. Este “éxito”, que llegó a ser nominado al Óscar, compensó en parte a McQueen por el sonado fracaso de “Las 24 horas de Le Mans”, el film del que más esperaba Steve y uno de los que peor acogida tuvo.

Steve, MacGraw y Peckinpah, los artífices de “La huida”, obra maestra de “encargo”

Sin embargo, aún faltaba un buen tramo por recorrer para volver a llegar a la cima de nuevo. El siguiente paso que dio Steve fue embarcarse en un proyecto sobre un “rey del rodeo” fracasado que iba a dirigir Sam Peckinpah. El siempre polémico director, que a punto estuvo de dirigirle en “El rey del juego”, le brindó una gran oportunidad de lucirse interpretativamente en dicho film, que a la postre se titularía “Junior Bonner”. De hecho, críticos como Carlos Boyero consideran esta cinta como la mejor de Steve, gracias sobre todo a la gran habilidad de Peckinpah a la hora de construir personajes masculinos. Eso sí, el público volvió a darle la espalda a McQueen. Sin desanimarse, Steve volvió a colaborar con Peckinpah en “La huida”, una película cien por cien Peckinpah: tiros, sangre y una mujer de por medio.

Steve daría vida a un ex convicto que tiene que atracar un banco junto a su esposa para devolverle el favor al mafioso local que le sacó de prisión. Eso sí, todo se complicará irremediablemente. La actriz encargada de dar vida a la mujer de Steve fue Ali MacGraw, una estrella en alza gracias al film “Love story”. Además era la mujer de Robert Evans, mandamás de la Paramount. Tiempo le faltó a Steve para conquistarla, sobre todo sabiendo que estaba casada. Motivación añadida. Frases como “Ali tiene el mejor culo que he visto nunca” muestran el interés que Steve tuvo en la actriz. MacGraw contaba que “quedó impresionada la primera vez que vio a McQueen en Bullitt”. El romance saltó en seguida a los tabloides y el resto es historia. Ali se divorció el 7 de junio de 1973, casándose con Steve, libre y sin compromiso tras haber dejado a Neile, el 12 de julio. El resto del rodaje tampoco resultó fácil, con botellas volando por doquier y amenazas de la Mafia. “La huida”, una obra maestra en toda regla, se benefició de los chismorreos de la prensa rosa y acabó convirtiéndose en un éxito rotundo, de los mayores taquillazos de Steve. Volvía  a estar en la cresta de la ola.

McQueen como Henri Charriere “Papillon”, quizá la mejor interpretación de su carrera

El siguiente paso de McQueen no pudo ser más acertado, aceptando la propuesta de interpretar a Henri Charriere, un convicto francés encerrado en la Guayana, en la cinta “Papillon”, basada en la obra autobiográfica del mismo nombre. Steve era el actor mejor pagado del mundo, pero aún así se sentía inseguro. No iba a dejarse pisar por nadie. Dustin Hoffman, su compañero de reparto, le provocaba desconfianza. Steve no entendía cómo un tipo tan enclenque como Hoffman podía haberse convertido en una estrella internacional gracias a “El graduado”. No tardaron en saltar chispas en el rodaje, sobre todo cuando McQueen expulsó a unos amigos de Dustin del set. A modo de curiosidad, cabe destacar que las primeras escenas están rodadas en Hondarribia, Euskadi.

“Papillon” resultó un éxito rotundo, recaudando 53 millones sólo en Estados Unidos, siendo nominada a un Óscar (Jerry Goldsmith por la banda sonora) y aupando a sus protagonistas a la cumbre absoluta. El único pero es que Charriere, quien visitó el rodaje, no pudo contemplar la adaptación cinematográfica de su vida al morir poco antes de estrenarse el film. Steve no fue considerado para el Óscar (las malas lenguas dicen que por el escándalo MacGraw), pero sin duda alguna nos encontramos ante la mejor interpretación de su carrera. Lo reconoció hasta Hoffman.

A pesar de que el éxito le sonreía a Steve, su vida privada volvía a ser un desastre. Las peleas (físicas incluidas) con Ali eran frecuentes, con algunos días en los que ni siquiera se hablaban. McQueen había caído en el alcohol y en las drogas, empezando a engordar de forma increíble. Steve era un chico tosco, de la calle, mientras que Ali era una mujer culta y refinada. No había por donde coger a la pareja. Además, Steve obligó a MacGraw a dejar su carrera por él, obligándole a relacionarse sólo con sus amigos. Podríamos decir que Steve mató a Ali. Por el contrario, McQueen era un padre de matrícula, por lo que solían decir sus hijos y amigos. No trataba nada bien a las mujeres (se negó pagarle un aborto a su novia de los 50’s), pero sus hijos, Chad y Terry, eran lo máximo para él. Eso sí, su relación con ellos siempre resultó muy peculiar. Por poner un ejemplo, Chad compartía el jacuzzi con su padre y un grupo de modelos cuando tenía 17 años, mientras bebían cerveza y fumaban marihuana.

McQueen y Newman, máximos rivales, compartiendo cartel en “El coloso en llamas”

En 1974, el estrellato de McQueen llegó a su cénit. Ese mismo año protagonizó junto a Paul Newman, su rival de toda la vida, “El coloso en llamas”, cinta del popular “género de catástrofes”. El film recaudó 116 millones de dólares en todo el mundo, convirtiéndose en la cinta más taquillera de Steve, quien consiguió aparecer primero en los títulos de crédito. Lo había conseguido, había superado a Newman, por lo menos en lo que a popularidad se refiere. Toda una carrera, que había comenzado como extra a la sombra de Paul en “Marcado por el odio”, daba sus frutos. A partir de este momento, Steve se relajó, se dejó llevar. Ya no le quedaba nada más por hacer en la vida. Se centró en su familia, los coches y los vicios.

Un irreconocible McQueen en “Un enemigo del pueblo”

Sin embargo, la First Artist le reclamaba dos películas más. La primera de ellas, “Un enemigo del pueblo”, era una versión muy arriesgada de la obra de Henrik Ibsen del siglo XIX. El film era únicamente diálogo, en un intento de Steve por demostrarles a todos que no sólo era bueno en cintas de acción. Su actuación fue muy loable, siendo admirada por varios críticos. Sin embargo, el film desapareció de las carteleras en una sola semana. Hoy en día sigue sin estar editada en DVD. Un fracaso rotundo, pero a Steve le daba igual. Había demostrado lo que quería. La siguiente película que le debía al estudio fue “Tom Horn”, un western crepuscular en el que hizo de todo: actuar, producir, elegir las localizaciones,..  A punto estuvo de dirigirla, pero la Directors Guild se lo impidió. Aunque no fue un gran éxito, su amigo James Coburn reconoció que “Tom Horn fue su mejor película”. “Si Steve crece algún día será un buen actor. Y al final lo afrontó. Comprendió algo sobre sí mismo, y también sobre la muerte, porque creo que él sabía que se estaba muriendo” añadió Coburn. Y era verdad.

Un tocado Steve McQueen en su última intervención cinematográfica: “Cazador a sueldo”

En 1979 le diagnosticaron un cáncer de pulmón a Steve. El amianto de la Marina, de los coches, el tabaco, la marihuana,… todo sumaba. Durante el rodaje de “La huida” tuvieron que parar la producción porque Steve tenía pólipos en la garganta. En “El coloso en llamas” también se le ve cansado. Llegó a caminar con bastón, dejarse el pelo largo y dejar de hacer deporte. Sus días estaban contados. Tras dejar a Ali, McQueen pasó sus últimos meses junto a una modelo, Barbara Minty, que vio en la “Vogue”. Se casaron poco después de conocerse. “Ella realmente le amaba”, llegó a decir Chad. Puede que Steve también. McQueen le dijo a Barbara que “si quería pasar un mes genial y luego morir o intentar curarse”. Su mujer eligió lo segundo. Steve, asustado, acudió al ortodoncista William D. Kelley, repudiado médico afincado en México. Durante sus últimos días llegó a pesar poco más de cuarenta kilos, acompañado por un dolor inaguantable. Su último film, rodado antes de que se complicara su delicada salud, “Cazador a sueldo”, fue su último suspiro en el cine. McQueen se encontraba desubicado, se sentía parte del pasado. La película pasó sin pena ni gloria por las pantallas, pero Steve tenía otras preocupaciones. En sus últimos meses de vida abrazó la religión. Su luz se apagó definitivamente el 7 de noviembre de 1980 en Ciudad Juárez, México, a la temprana edad de 50 años. Dicen que sus últimas palabras fueron en castellano. Puras conjeturas.

Steve con el último amor de su vida, Barbara Minty

 Lo importante es su legado, su leyenda. Aún no ha nacido un actor como McQueen. El hombre que se alegró por la muerte de James Dean (un competidor menos) fue único. Vivió de forma intensa, deprisa, y dejó huella. Más allá de su desastrosa vida privada o sus censurables vicios, Steve terminó siendo el icono de toda una generación. El salto en moto en “La gran evasión”, la persecución de “Bullitt”, la partida final de “El rey del juego”, su porte en “La huida”, su esfuerzo interpretativo en “Papillon”,…  Siempre nos quedará el McQueen del celuloide, y no lo digo porque sea mi actor favorito, pero ver a Steve en pantalla siempre es un privilegio.

#3) STEVE McQUEEN: THE KING OF COOL

El rey de los 60’s: del éxito fulgurante al fracaso de “Las 24 horas de Le Mans”

El siguiente trabajo de McQueen tras el éxito de “El rey del juego” fue el eficaz western “Nevada Smith”, cinta dirigida por el especialista en el género Henry Hathaway. La película, sin llegar a ser una obra redonda, tuvo una buena acogida por parte del público. El film cuenta la historia de Max Sand, un pobre muchacho que recorrerá un largo camino en busca de los asesinos de sus padres (Karl Malden, Martin Landau y Arthur Kennedy). La cinta, narrada en clave de road-movie, se ve lastrada en ciertos momentos por un problema de raíz: McQueen, con 36 años, no da el pego como el joven Max. Sin embargo, el porte y la mirada de Steve contribuyen y mucho a solucionar dicha cuestión.

McQueen fotografiado en la intimidad

En 1966 McQueen ya era considerado una gran estrella, pero le faltaba una cosa: el respeto de los críticos. Todos estaban de acuerdo en que era un intérprete solvente, especialmente en cintas de acción o de vaqueros, pero que carecía de la profundidad dramática de actores como Paul Newman. En realidad el reconocimiento académico no le quitaba el sueño a Steve. Él estaba más preocupado en mejorar cada día como piloto de coches, motos o todo vehículo que funcionase. Su verdadera pasión era la velocidad. De hecho, son numerosas las veces en las que las productoras de cine para las que trabajaba le hacían firmar contratos prohibiéndole correr durante los rodajes, porque lo de Steve no era conducir, si no vivir al límite constantemente. Amigos suyos como el actor Robert Vaughn llegaron a reconocer que el ir en un coche con McQueen era un peligro. “En una ocasión habíamos estado en una carrera en California, en la que la compañía de seguros le había prohibido correr. Después de que sus hormonas hubiesen sido estimuladas, volvimos a casa en un Jaguar descapotable. Estaba lloviendo, pero íbamos tan rápido que ni siquiera nos mojamos. Tuve que sentarme en la mesa de la cocina de su mujer y beberme media botella de whisky en tres segundos para volver a la normalidad” comentó Vaughn. Las carreras de McQueen por el desierto de Mojave eran muy frecuentes, acompañadas por el posterior consumo de marihuana, eso sí. De hecho, Steve acabó inscribiendo a sus dos hijos en carreras de motos, además de atesorar una colección envidiable de automóviles antiguos en su casa. Genio y figura.

“El Yang-Tsé en llamas”, el único film por el que Steve fue nominado al Óscar

A la hora de embarcarse en un nuevo proyecto, Steve se puso serio y aceptó la propuesta de Robert Wise, director de clásicos como “West Side Story” o “Sonrisas y lágrimas”, de irse a rodar a Taiwán una historia ambientada en la convulsa China de comienzos del siglo XX. A fin de cuentas, Wise fue el director que le dio su primera oportunidad en “Marcado por el odio”, aunque fuera en calidad de extra. Esa película acabó llamándose “El Yang-Tsé en llamas”, y el resto es historia. El film, de 182 minutos de duración, terminó siendo una gran epopeya nominada a 9 Óscars, uno de ellos para Steve. No se llevó el gato al agua (en esa edición la estatuilla fue para Paul Scofield por interpretar a Thomas Moro en la cinta “Un hombre para la eternidad”, a la postre la gran vencedora del año) pero por lo menos le dio a Steve el respaldo crítico que le faltaba. Además, en ella interpreta a un mecánico naval de la Armada americana, el ingeniero Jake Holman, gran amante de las máquinas, lo que le venía a Steve como anillo al dedo. Los meses que duró el rodaje en Taiwán se los pasó corriendo en moto y trabando amistad con los especialistas, con lo que no se podía quejar de nada.

McQueen y Dunaway, los dos grandes atractivos de “El caso de Thomas Crown”

Su siguiente trabajo, sin embargo, supuso un cambio radical en su carrera. McQueen era un chico de la calle, abandonado y rebelde, como todos sus personajes. Con el fin de cambiar de registro decidió presentarse ante Norman Jewison, director suyo en “El rey del juego” y pedirle interpretar el personaje principal de la nueva película que tenía entre manos: “El caso de Thomas Crown”. Jewison le llamó loco, al igual que su mujer Neile, ya que el personaje al que aspiraba interpretar Steve, Thomas Crown, era un multimillonario refinado y con estudios. Como dijo Norman, un “Sean Conney”. Steve no tenía ni idea de hablar en público ni de modales, pero su insistencia fue tal que se hizo con el papel.

El multimillonario Thomas Crown, todo lo contrario a Steve

La cinta cuenta la historia del citado multimillonario, quien roba uno de sus propios bancos para estafar al seguro. Los problemas llegarán cuando la agencia de seguros decida enviar a una detective, Faye Dunaway, a investigar lo ocurrido. Los juegos de seducción fuera de la pantalla entre la pareja protagonista son ya conocidos por todos, al igual que en toda producción en la que figurara Steve. Lo peor es que Neile lo sabía, pero soportaba la situación por sus hijos. Como marido, tal y como reconoció la mujer de McQueen, “fue un desastre, pero como padre no había otro mejor que él”. Steve siempre fue un hombre difícil, inseguro de sí mismo, violento y misógino. Sus iras y peleas han pasado ya a la historia, incentivadas quizá por su oscuro pasado.

“El caso de Thomas Crown”, con sus innovadores títulos de crédito iniciales en los que se hace uso de la multipantalla (Jewison los observó por primera vez en un festival en Canadá), escenas como la sensual partida de ajedrez o la memorable canción “The windmills of your mind” se convirtió en una nuevo éxito rotundo. De hecho, Steve llegó a ser el actor más popular en un mercado tan complicado como el asiático. Este taquillazo le permitió formar su propia productora, Solar Productions. El primer proyecto de la misma, respaldado por la Warner, fue “Bullitt”, magistral cinta policíaca que inauguró una moda por el género con miles de imitaciones baratas y obras tan loables como “French Connection” o “Harry el sucio” (películas que McQueen rechazó para no quedar encasillado en el género).

McQueen y Bisset, compañeros de reparto en “Bullitt”

El film es un ejercicio de estilo increíble, que atrapa al espectador de principio a fin. Ciertos críticos tratan de desprestigiar la cinta argumentando que posee una trama muy confusa y que lo único potable del film es la archiconocida carrera de coches por las calles de San Francisco, algo que no puede estar más lejos de la realidad. “Bullitt” fue un punto de inflexión en el cine policíaco y en la forma de rodar escenas de acción. Si a eso le sumamos un reparto de lujo con caras como las de Jacqueline Bisset, Robert Vaughn o Don Gordon ya no se puede pedir más.

Mítica imagen de McQueen en “Bullitt”

A modo de curiosidad, cabe recordad que la escena de la persecución no fue rodada por McQueen, si no por Bud Elkins, el famoso especialista de “La gran evasión”. McQueen se enfadó con la productora al enterarse de que se la habían jugado: habían citado a Steve una hora después de que comenzara el rodaje del día para que no tuviera la tentación de montarse en el Mustang y rodar la escena. Elkins ya había bordado su trabajo para cuando McQueen llegó al set. Steve, cuando se percató de la popularidad de la secuencia tras el estreno del film, telefoneó a Elkins diciéndole “ya me lo has vuelto a hacer. Primero en La gran evasión y ahora en Bullitt. Lo peor es que la gente piensa que yo grabé las escenas”.

Eso sí, Steve, fiel a su estilo, no paró de volver locos a todos durante la filmación. Era el actor mejor pagado del momento pero sus exigencias rozaban lo excéntrico: facturas de cuarenta pares de Levi’s, trescientos jerseys, carreras ilegales, consumo abusivo de drogas (peyote, marihuana, cocaína, ácido,…), sexo constante con cualquier mujer,… Más tarde se descubrió que la ropa iba destinada al colegio en el que estuvo internado cuando era un joven problemático, el Boys Republic, pero la forma de jugarse la vida no tenía nada de infundado. Hasta Neile se tuvo que acercar por San Francisco ante los rumores de que su marido volvía a hacer de las suyas con los coches.

“Las 24 horas de Le Mans”, un fracaso que dejó muy tocado a Steve

La carrera de McQueen comenzó a estancarse tras el gran éxito de “Bullitt”. Steve empezó a volverse paranoico tras el asesinato de Sharon Tate, mujer de Polanski, a manos del grupo satánico de Charles Manson. ¿La razón? Steve había sido invitado esa noche a casa de Tate, rechazando la oferta en el último segundo. Empezó a salir por la calle con arma. Para complicar más las cosas, acabó por mandar a la quiebra a Solar Productions tras obsesionarse en rodar la “película definitiva” sobre carreras de coches. “Las 24 horas de Le Mans”, el proyecto que Steve tenía entre manos, debía de rodarse en Francia bajo la dirección de Sturges. Sin embargo, acabó siendo realizada por el desconocido Lee H. Katzin. Sturges se marchó del plató gritando “¡Soy demasiado viejo y demasiado rico para esta mierda!”. La cinta fue un fracaso estrepitoso, lo cual le dolió en el alma a McQueen, gran apasionado del motor. “Los rateros”, película que el actor rodó con anterioridad, también resultó un fiasco a pesar del respaldo crítico.

Además, su relación con Neile se fue a pique. Aunque llevaba años acostándose con muchas mujeres, Steve reventó cuando Neile le confesó (a punta de pistola y tras una paliza, eso sí) que le había engañado con Maximilian Schell. Meses más tarde, Steve la obligó a abortar argumentando que el hijo no era suyo. Su consejera matrimonial le dijo a Neile que pidiese el divorcio o acabaría muerta. La vida y la carrera de McQueen estaban en la cuerda floja.

#2) STEVE McQUEEN: THE KING OF COOL

2) La consagración: de “La gran evasión” a la popularidad absoluta

Steve McQueen estaba en la cresta de la ola. Sólo le quedaba cosechar otro gran éxito para empezar a forjarse un nombre a nivel mundial. Entre 1960 y 1963 rodó tres films más: “Zafarrancho en el casino”, “Comando” y “El amante de la muerte”. El primer film es una comedia ligera en la que Steve planea hacer saltar la banca del casino de Venecia con un súper ordenador de la Marina americana, mientras que las otras dos cintas son dos películas bélicas que pasaron sin pena ni gloria por las pantallas estadounidenses.

McQueen visto por William Claxton

El éxito que McQueen esperaba se llamaba “La gran evasión”, posiblemente su film más popular. Sturges le confió el papel de Virgil Hilts, un prisionero americano que intentará escapar por todos los medios del campo de concentración nazi en el que le han internado. ¿El problema? El personaje de Steve carecía del peso suficiente dentro de la historia. Tras la escena inicial, por poner un ejemplo, Hilts desaparecía de la pantalla durante media hora. McQueen, consciente de su situación, llegó a abandonar el rodaje durante dos semanas, y eso que se encontraban filmando en plena Baviera, Alemania. Steve llegó a llamar a su representante, Stan Kamen, diciéndole que “James Garner controlaba la película. Esta cinta le va a lanzar a él al estrellato, no a mí”. Se llegó a contrata a un guionista más, James Clavell, para que retocara la historia. El rodaje se alargó de los 85 días previstos a doscientos. Sin duda alguna, el momento culmen del film es la carrera en motocicleta en la que McQueen es perseguido por las tropas alemanas en su camino a la Suiza libre. La secuencia, rodada por y a mayor gloria de Steve, no figuraba en el guión inicial. Una nueva concesión a la estrella de la película. Sin embargo, cabe recordar que el memorable salto que Hilts realiza con la moto no fue realizado por McQueen, si no por un especialista en escenas de acción y amigo de Steve, Bud Elkins, que viajó desde California a Múnich exclusivamente para rodar la citada toma. Bud declaró años después que aquel trabajo le “hizo famoso, no rico. Era la primera película que hacía y para mí significó el principio de una carrera. El día en que rodamos el salto estábamos McQueen, el de los efectos especiales, un piloto de motocross australiano y yo”.

“Esos rumores de que McQueen intentó hacer el salto él mismo son falsos. Él hizo de peón, se pasó el día cavando en la ladera de la montaña para hacerme una rampa. La escena de la moto fue enteramente idea de Steve, era una escena totalmente inventada. Pero provocó muchísimas discusiones entre él y el director y los guionistas. La cosa llegó a un punto tal que pensaron en despedirle” añadió. El film recaudó 16 millones de dólares, convirtiendo a Steve en todo un referente mundial. Llegó a ser premiado en el festival de Moscú, en una época en la que el mundo se encontraba totalmente polarizado entre los capitalistas y los comunistas. Para más información sobre “La gran evasión” podéis acceder a este artículo de “Érase una vez el cine” en el que se analiza pormenorizadamente el film.

McQueen y su “acosadora” compañera de reparto, Natalie Wood, en “Amores con un extraño”

Sin embargo, las siguientes cintas de Steve no estuvieron a la altura de las expectativas creadas: “Compañeros de armas y puñetazos”, comedia protagonizada junto a Jackie Gleason, resultó ser una cinta confusa, mientras que “Amores con un extraño” y “La última tentativa”, aunque interesantes, no llegaron a calar entre los espectadores. De todas formas, Neile, la mujer de Steve, llegó a afirmar que el mejor papel de su marido fue el del músico bohemio que deja embarazada a una joven de origen italiano en la citada “Amores con un extraño”. Según ella, mostraba al Steve “vulnerable”. Eso sí, McQueen permaneció impertérrito ante el acoso de su compañera de reparto, Natalie Woods, quien no tenía otra idea en mente que la de llevárselo a la cama. Lo único que detuvo a Steve no fue el hecho de que estuviera casado (eso nunca era un problema para él), sino la amistad que le unía con Robert Wagner, ex marido de Natalie y compañero de reparto de Steve en “El abrazo de la muerte”.

McQueen con Lee Remick en “La última tentativa”

La recuperación de McQueen llegó con “El rey del juego”, cinta ambientada en Nueva Orleans y en la que Steve da vida a “Cincinnati Kid”, un maestro en el arte de jugar al póker que deberá enfrentarse al mejor jugador del mundo, Lancey Howard (Edward G. Robinson). La película iba a ser dirigida en un primer momento por el siempre polémico y violento Sam Peckinpah, pero la productora acabó parándole los pies vistas sus intenciones de darle un “tono más oscuro” a la historia (Peckinpah tenía pensado incluir varis escenas de sexo, además de contratar a Sharon Tate para el film y rodarla en blanco y negro). Finalmente, “El rey del juego” fue dirigido por el siempre eficiente Norman Jewison (“El violinista en el tejado”, “Jesucristo Superstar”,…), Tate fue sustituida por la bella pero psicológicamente inestable Tuesday Weld y Edward G. Robinson entró en el proyecto ante el abandono de Spencer Tracy. McQueen, que recibió veinticinco mil dólares en metálico de la productora para que no abandonase la producción visto el caos dominante en el rodaje, se sentía toda una estrella. El propio Jewison le tuvo recordar varias veces que “a parte de ti hay muchas otras grandes estrellas en el reparto”. Tras normalizarse la situación, McQueen volvió de su momentáneo retiro en Las Vegas (ciudad donde se gastó todo el dinero recibido de la productora en marihuana y mujeres) con el fin de rodar, de una vez por todas, “El rey del juego”. Jewison le prometió que el público le alabaría por este film. Para Steve eso no era suficiente, por lo que la productora tuvo que darle un bonus por haber sido tan paciente y una enorme mesa de billar.

McQueen y Robinson, grandes rivales dentro y fuera del plató

Tras diez meses de parón, se volvió a escuchar “acción” en el plató de “El rey del juego”. Norman Jewison declaró que “Edward G. Robinson tenía la mejor colección de arte de todo Hollywood y hablaba cuatro idiomas”, mientras que “Steve disfrutaba desmontando el motor de su coche”. Eran dos personalidades contrarias, lo cual le iba muy bien al film, ya que eran rivales. “McQueen no era lo que podríamos llamar un hombre generoso. Francamente, era un tacaño. Cuando Steve se iba del set por la noche siempre pedía a alguien cinco pavos para gasolina que nunca volvíamos a ver… Era igual de tacaño como persona que como actor. Tenía ese hábito de mirar al suelo entre tomas. Entonces, a la voz de acción, levantaba los hombros, con esa expresión animal, listo para atacarte. Fascinante” apuntilló Jewison.

McQueen es “El rey del juego”

La cinta resultó todo un éxito. Recaudó más de diez millones de dólares, inaugurando una racha triunfal en la carrera de Steve que le haría figurar como una de las 10 estrellas más taquilleras durante diez años seguidos. Era el primero de cinco éxitos internacionales seguidos. La nota negativa la puso el fallecimiento de su madre por una hemorragia cerebral el día del estreno de “El rey del juego”. McQueen llegó al hospital a la mañana siguiente pero su madre no recuperaría ya la conciencia.