Proletarios del mundo, uníos


[ATENCIÓN SPOILERS]

Aunque iniciar un texto con una cita histórica pueda resultar contraproducente por pretencioso (o justamente todo lo contrario), recordar la afirmación de Leibniz de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles” es un buen punto de partida para reflexionar acerca de cómo y con qué tono hablan las películas recientes sobre la sociedad actual y las conexiones que se establecen entre los discursos de varias producciones reconocidas. Personalmente creo que, a la hora de establecer (la palabra ya es categórica) un pensamiento sobre un tema, se peca tanto de arrogancia como, especialmente, de un “olvido” interesado de factores colaterales y ejemplos contrarios a lo que querríamos demostrar dependiendo de dónde pongamos la lupa. Sin embargo, me gustaría aclarar que este repaso de la imagen que el cine reciente (así, a salto de mata) realiza sobre el mundo en el que vivimos es sólo una opinión personal más y una visión particular sin ánimo de conducir a inferencias absolutas.

En primer lugar, cabe decir que la función del cine puede resultar amplísima, desde el quórum general que defiende su papel comercial como “entretenimiento de masas” hasta una visión más “gafapasta” que, en base a su condición de “arte” (la séptima nada menos), rompe una lanza a favor de una contemplación activa y reflexiva sobre lo que estamos viendo, ya que lo que se nos está ofreciendo no es baladí, sino que se presupone que una mente (colectiva) pensante ha decidido todos y cada uno de los elementos que aparecen en pantalla. En mi opinión, no considero que una excluya a la otra, siendo totalmente lícita la intención con la que se vaya a ver cine, siempre que se vea.

Al igual que no se puede negar que “el séptimo arte” no sería tal sin los dividendos de la taquilla (y actualmente de todas las plataformas on demand y derivados), considero que, aunque el nivel de   reflexión se mueva en un espectro entre el grado “mas simple que un botijo” y lo trascendental, toda película tiene un mensaje (que es lo mismo que decir “una razón de ser”, más allá de su estrategia comercial). Las producciones son inversiones tan costosas que el rodar un solo plano o no rodarlo ya es una decisión revisada y pensada por más personas de las que nos gustaría ser conscientes. En consecuencia, estas decisiones implican una “dirección” (y de ahí el papel del director/a como guía de la ruta que hay que seguir hasta la meta/mensaje), siempre que se hayan hecho bien las cosas. No se toma una dirección sin tener claro qué es lo que quiero contar, y si la elección que hago va a ayudar a ello o no (principalmente porque esas decisiones valen su peso en oro, literalmente). En última instancia, el apostar por un mensaje implica, voluntaria o involuntariamente,  que el autor “muestre sus cartas” y revele su ideología sobre un tema determinado.

En los últimos años, hemos sido testigos del estreno de una gran cantidad de películas que muestran el “statu quo” del mundo: por un lado están los desfavorecidos, por otro los aprovechados. Atendiendo a las diferentes tesis que se desprenden de la mayoría de ellas, podemos calificar esta organización mundial como “injusta” cuanto menos: todas las personas se encuentran regidas por un conjunto de normas que, siguiendo la derrotista tónica de la desigualdad, tienden a favorecer y perpetuar la situación de los segundos. Esto lleva a plantearse hasta qué punto tienen sentido este conjunto de leyes y reglas, con el reverso tenebroso de que la “violencia”, en caso de utilizarse como vía de cambio, “acaba generando más violencia”. El anverso “luminoso”, en cambio, suele apostar por un “happy end” reconfortante (más todavía si la película es “made in USA”). Aunque la injusticia sea un cuento más viejo que la propia narrativa, los acontecimientos históricos de los últimos años parecen haber reavivado esta tendencia (crisis económica del 2008, recesión, austeridad, medidas coercitivas en la zona euro, llamadas a recuperar [o conseguir] la soberanía nacional en territorios como el escocés, el catalán o el británico con respecto a la UE, las guerras “económicas y geopolíticas” en Oriente Medio, etc…)

Obviamente este terreno es prácticamente inabarcable, por lo que he decidido basar mi reflexión en una lista personal de cintas que he podido ver durante los últimos meses, la mayoría de marcado éxito crítico (y algunas de público):

La naturaleza de la desigualdad puede atender, a tenor de las películas que tratan la materia, a causas económicas, pero también sociales, políticas o de género. Dentro de las diferentes tipologías, hay producciones que rebuscan en las causas, normalmente no de “una injusticia con mayúsculas”, sino de cuestiones más concretas sobre las que establecer un comienzo y un posible final, como el premiado documental Inside job sobre la crisis del 2008. Otras describen los síntomas, con una voluntad del tipo “observad desde la butaca cómo funcionan ciertas partes del mundo” (Cafarnaúm en lo económico o La noche de 12 años en lo político/histórico podrían ser ejemplos). También encontramos películas que pasan a analizar directamente las reacciones ante la injusticia, las cuales suelen ser violentas (y también puestas en tela de juicio, incluso en experimentos tan chocantes como La casa de Jack de Lars Von Trier, quien manda a su ¿alter ego? al infierno al ritmo del “come back no more” de Hit the road Jack). Sin embargo, he decidido realizar el presente repaso basándome en la condición de los personajes, que para algo son nuestros “guías” dentro de la trama, aquella o aquellas personas (o animal o cosa, según la maestría del autor) a las que seguimos durante la película y que nos enseña el “mundo de la ficción” (salvo en “excepciones narrativas especiales”, por si alguien se pone exquisito). ¿Qué quiere decir esto exactamente? Que ordenaré mi discurso en base a si la película trata sobre el “aprovechado” o sobre “oprimido” y, posteriormente, ver qué mensaje / tesis / solución nos plantea el film.

  1. Proletarios del mundo, uníos

El propio Rodrigo Sorogoyen, autor de El reino, la cual figurará en el apartado de “los aprovechados del sistema”, declaró al recoger el Goya a mejor director de este año que “Isaki Lacuesta había filmado la obra más rotunda de este curso”. Se refería a Entre dos aguas, segunda parte de La leyenda del tiempo, film candidato a los galardones a lo mejor del cine español y ganador de la Concha de Oro en San Sebastián. Esta película cuenta la hiperrealista historia de Israel y Cheíto, dos hermanos andaluces que regresan a la isla de San Fernando, uno tras salir de la cárcel y el segundo al terminar una misión de la Marina. El panorama no puede ser más desolador: falta de recursos, un Estado que no da abasto para tratar cada uno de estos casos (significativa por irónica es la escena en la que Cheíto escucha el himno de España junto a sus compañeros de la Marina en la cubierta de un barco) y una desestructuración familiar que se perpetúa. ¿Cómo termina Lacuesta su mirada particular sobre este microcosmos? Fragmentando el plano nos muestra a Isra observando a sus tres hijas, las cuales juegan despreocupadas en una orilla.

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La mirada fragmentada de “Isra”…

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… y sus hijas (Entre dos aguas).

Al igual que el film sueco The square, ganador de la Palma de Oro hace dos años, la inocencia y la infancia son los protagonistas del mensaje final. En el caso de la cinta nórdica, la cual reflexionaba acerca de la insolidaridad humana hacia nuestros iguales (de nuevo la injusticia), Christian, el personaje principal, se decide finalmente a “cruzar la valla” y pedir perdón a un inocente al que acusa de haberle perturbado la existencia. Lo que ocurre es que es demasiado tarde, y cuando se presenta en el lugar ya no existe la persona ante la que disculparse. En la secuencia final en el coche, Christian mira hacia atrás, observando (también con el plano fragmentando) cómo sus hijas están sentadas sin ningún tipo de preocupación. Es un mensaje de “doble filo”, al igual que el plano de Isra en Entre dos aguas: es una pregunta acerca del mundo que les dejamos a nuestros hijos, y un canto a la esperanza para que ellos, que aún “no están contaminados”, no cometan nuestros errores.

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“El cuadrado es un santuario de confianza y afecto, dentro de sus límites todos tenemos los mismos derechos y obligaciones” (The square)

Justamente de niños e inocencia versan asimismo las siguientes películas:

En primer lugar cabe hablar de Lazzaro feliz, una cinta italiana sobre “los desheredados” contada en forma de fábula. Alice Rohrwacher, directora del film, declaraba al hilo del estreno que había crecido “sin saber que había desigualdad en el mundo”, porque sus padres le habían hecho creer que “los hombres y las mujeres son iguales”, pero no es así, sino que la desigualdad existe, “es milenaria” y “es necesario denunciarla”. Por otro lado, la ya mencionada Cafarnaúm es una película libanesa sobre la vida de un chico huido de casa en lo más sórdido de Beirut, la París de Oriente. Nadine Labaki, autora de la cinta (dejo a la libertad del lector el reflexionar si es casual que sean justamente dos mujeres cineastas las que hayan contado estas historias), declaraba que “el mundo no va por buen camino, y los más perjudicados son los niños, que al fin y al cabo son el futuro de nuestra sociedad”.  En un artículo sobre su estreno, publicado en El cine en La Ser (13/02/2019), Pepa Bueno cita a Román Gubern y su obra Historia del cine para recordar que “las películas sirven como barómetro de las preocupaciones colectivas”, a la vez que nos recuerda que, pese a todo, cuando el cine “se fija en la marginalidad social” es “generalmente un relato burgués, que mira desde fuera esa marginalidad”, lo cual también entronca con el contexto de Rohrwacher o Lacuesta. Lógicamente el cine es un “juguete muy caro” y en la mayoría de los casos los autores del discurso no viven la situación que denuncian, pero hay que tener asimismo este hecho en cuenta desde el punto de vista de la ideología (que se lo digan sino a Cuarón y las “críticas” que censuraban su legitimidad como burgués para adoptar el punto de vista de su/una criada en Roma).

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Los “desheredados” en contrapicado y la antigua aristocracia filmada en un picado. Así defiende Rohrwacher el honor de los primeros en “Lazzaro feliz”

Mientras que la película de Rohrwacher termina con una secuencia marcadamente amarga (Lazzaro, o lo que es lo mismo, el personaje que encarna la “inocencia” con todas sus letras, desde el nombre hasta el físico pasando por sus acciones, es asesinado en un banco en una especie de alegoría de que “el hombre es un lobo para el hombre”), Cafarnaúm deja entrever un posible futuro para un chico que, tras denunciar en los juzgados a sus padres por traerle al mundo (otras cosas no, pero la confianza en el sistema judicial parece ser férrea en el Líbano a tenor de los films de esta nacionalidad que nos han llegado últimamente, como El insulto), adquiere por primera vez una “identidad” (y una sonrisa). Parece ser que el tratar con niños y tramas de este tipo “invita” a que el mensaje no sea tan (o abiertamente) descarnado, como también podíamos ver en The Florida project. En esta producción estadounidense, una madre (y un “padrino”, interpretado por Willem Dafoe) crean un mundo alejado de la realidad para evitar que la sórdida verdad afecte a un grupo de niños que viven y juegan en un decadente motel de Orlando. Este escenario es testigo de la prostitución de la madre protagonista o de los problemas económicos de las familias desestructuradas que en él habitan, pero justamente lo extraordinario de la narración es que nos convirtamos en un niño más durante el visionado… hasta que es inevitable. La metáfora visual de “el árbol que crece torcido” es un punto de genialidad más en una trama en la que los pequeños protagonistas acaban huyendo de su mundo hacia Disneyland, el lugar de los sueños (qué bien escogida la ciudad de Florida como ejemplo de la cara luminosa y la cruz oscura que conviven en un mismo lugar). Durísimo pero “poético” final, que vuelve a preguntarse, igual que The square o Lacuesta, qué pasará con los adultos del mañana.

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¿Sabes por qué es mi árbol favorito?

En una línea “más nórdica”, Andrei Zvyagintsev nos muestra un mundo carente de sentimientos en Sin amor, cinta rusa nominada al Oscar hace dos años que narra la desaparición de un niño en medio de la separación (y el ninguno) de sus padres. Tras el drama que supone la infructuosa búsqueda, el director termina el relato mostrando unos personajes que no han avanzado, que no han aprendido a amar (sólo a ellos mismos), productos de una sociedad que se mira el ombligo y el smartphone mientras de fondo hablan en los telediarios de la guerra de Ucrania (el niño jugando con la típica cinta con la que la policía precinta escenarios criminales antes de su desaparición es otro de esos toques geniales como el mencionado en The Florida project).

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El niño y la cinta. Resumen visual de lo que pasará en la trama.

Si la inocencia (y los niños en su representación) resulta un filón interesante para tratar la injusticia, tampoco podemos pasar por alto otro colectivo que también conoce bien el anverso y el reverso de la sociedad: los inmigrantes. Movimientos de personas por conflictos bélicos, hambrunas o pobreza en general se han producido y han sido contados por el cine desde antiguo (incluyendo casos tan “idealizados” como el de Vito Andolini en El Padrino II), pero en un mundo plagado de Salvinis, Orbans o Le Pens la pantalla nos lo vuelve a recordar. Personalmente considero que Kaurismäki se merece el aplauso con El otro lado de la esperanza, la visión del cineasta finlandés acerca de los refugiados sirios. La película nos muestra a Khlalid, un inmigrante ilegal que llega a Helsinki en busca de asilo al tiempo que trata de encontrar a su hermana, Miriam. Tras ser rechazado por las autoridades, encuentra refugio en un restaurante pintoresco de la capital (“siempre hay gente buena, el problema es que también la hay mala”, parece decirnos Kaurismäki). Finalmente se reencuentra con Miriam (quien parece haber sufrido abusos en su periplo hasta el país nórdico), aunque los días de Khaled terminarán tras ser atacado por un racista y morir acuchillado en la calle. Es un desenlace ficticio que lamentablemente podría ocurrir en la realidad, a tenor de lo sucedido en Noruega en 2011 con Anders Breivik y su asesinato masivo en la isla de Utoya (contado por el film homónimo actualmente en cartelera y por Greengrass en 22 de julio). Son ejemplos de que incluso en las sociedades “más perfectas” se pueden perpetuar injusticias de la peor naturaleza (el feminismo ocupará asimismo una publicación independiente, pero recordemos que en otro de los vecinos escandinavos, Suecia, se escribió “El hombre que no amaba a las mujeres”, novela de Stieg Larsson que ponía la atención en temas como el machismo o el auge de la extrema derecha en “el paraíso”).

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El otro lado de la esperanza

Con tintes más sobrenaturales también hablaba de inmigración Jupiter’s moon, producción húngara (significativo el país justamente por las ideas del Gobierno electo) ganadora en Sitges hace dos años. Con una historia que comienza mostrando el bloqueo político y migratorio existente en la frontera entre Serbia y Hungría, el director Kornél Mundruczó narra la transmutación de un refugiado sirio en una suerte de superhéroe que acaba sobrevolando los tejados de Budapest (“los últimos serán los primeros”).

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Efectiva huida de la policía en Jupiter’s moon

Como último ejemplo de un capítulo que podría alargarse hasta la saciedad, cabe citar la aproximación de un veterano como Haneke al tema en Happy end. El realizador centroeuropeo narra el desmoronamiento de una familia burguesa a partir de otro desmoronamiento físico (el del muro de una de las obras que controlan), con el telón de fondo de los refugiados (la relación entre la “selva de Calais” y ese muro no es casual). La cinta termina con una boda en la que un miembro de la familia permite entrar a un grupo de africanos (lo que deja en shock al resto, como la escena del mono en The square) y el veterano del clan familiar le pide a la pequeña de la familia (otra vez la pérdida de la inocencia) que le ayude a morir. Un “happy end” en toda regla.

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Plano…

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….contraplano (Happy end)


En posts sucesivos trataré la otra cara de la injustici
a (por mucho que en alguna de estas películas ya se haya apuntado al mostrar las diferentes perspectivas de la sociedad), especialmente desde instancias gubernamentales que asustarían al mismísimo Kafka y que, entre otras cosas, se sirven de la mentira para tapar sucesos (¿y provocarlos?) como Chernobyl. En esta serie de HBO se hablaba de cuál es el precio de la mentira, pero… ¿cuál es el coste de la injusticia?

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